Palabra de consejera

El asunto viene de lejos. La Logse no inventó los planes institucionales para convertir a imberbes mocosos en ciudadanos de spot publicitario. Ya el régimen franquista intentó fabricar súbditos de moral intachable, a imagen y semejanza del ideal católico, apostólico y romano. Aunque el tiro le salió por la culata al general y, en vez de conseguir ejemplos impolutos de santidad y profilaxis, hoy queda de todo aquel folletín de las buenas maneras ciudadanos a secas, que no es poco, y fruto de este sermón hoy preferimos discutir antes de fútbol que de política y un buen polvo a un rapapolvo -son palabras del Nano, mías no-. La diferencia con aquellos tiempos, no tan lejanos, está en que entonces, si no cumplías como un jabato con los mandamientos, se te caía algo más que el pelo. Hoy, para ser un buen ciudadano tiene que salir de ti o de lo que veas en casa. Y si te obligan, pues peor. La letra con sangre no entra. Axioma constitucional difícilmente refutable. Ahora bien, la moral con letra, enlatada en libros de texto, campañas con moraleja o charlas bajo palio, tampoco funciona. Prueben si no. O se vive, o se mama desde chico. Lo demás son monsergas.

La clásica distinción de la Logse entre objetivos conceptuales, procedimentales y actitudinales ha dado paso con la Loe al mismo asno con collares similares. Ahora se llaman competencias básicas, que van desde la difícil tarea de conseguir que el alumno sepa leer y escribir –y si se puede, que lo comprenda- hasta la odisea de aprender a comportarse en clase y fuera de ella, pasando por las competencias en matemáticas, autonomía de trabajo, sensibilidad artística, uso de nuevas tecnologías, etcétera. A este catálogo de mínimos se supone que debe comprometerse no sólo el profesor, sino también los padres y todo el entorno social que rodea al alumno. Por lo visto, los alumnos deben aprender a realizar con autonomía diferentes tareas, saber no sólo de memoria los conocimientos que se les transmite y, además de esto, de postre, deben aprender a ser buenos ciudadanos. Para conseguir esto último, los fracasos son del tamaño de los intentos. Pasen y vean: resolución de conflictos, aulas de convivencia, tutorías personalizadas, escuela de padres, pacto de normas, semanas culturales, etcétera. Si se les ocurre algo más, avisen.

Todo esto viene a cuento de una noticia que leí hace poco y que me sonó a ganas de seguir achicando el Adriático con cucharillas de café. Al parecer, a la Consejera de Educación de Extremadura, Eva María Pérez, se le iluminó la bombilla hace ya tiempo, no sabemos si por inspiración de alguno de sus técnicos, afiliado a algún club de autoayuda a lo Coelho, o quizá por seguir adornando la carne del famélico pavo de la educación con plumas de colores que lucen ante el respetable pero en nada alimentan, la idea de crear una Red de Escuelas de Inteligencia Emocional que enseñe a alumnos, padres y profesores a mejorar la convivencia en los centros educativos y que a causa de esto – son inferencias de la consejera, cuya lógica escapa a la mente de este mortal ciudadano- provoque una considerable mejora en los resultados académicos de nuestros alumnos. Ahí es nada.

Eva María nos asegura que hay estudios que dejan claro que “el éxito en el trabajo depende en un 80% de la inteligencia emocional y en un 20% del coeficiente intelectual.” Vamos, que si un fontanero te deja el piso hecho un diluvio, basta con que te ponga ojos de cordero degollado o se enfunde las gafas de Pierce Brosnan para que se te vayan las penas y se abran de un soplo las aguas. Y es que “educar en emociones”, reafirma Eva María, “es casi más importante que haber adquirido determinadas competencias cognitivas.” Dí que sí, el alumno podrá salir de la Eso sin entender lo que lee, pero por lo menos se irá con buen rollo. Padres, profesores y alumnos haremos un happening memorable, cantaremos “El himno de la alegría” y nos abrazaremos como hermanos. Sin acritud, muchachos. Ahí fuera os espera la jungla laboral, competitividad, hipotecas insufribles, salarios liliputienses, pero don’t worry, sonreíd y la vida os sonreirá. Si tenéis inteligencia emocional, lo demás os vendrá de gorra. Palabra de consejera.

Ramón Besonías Román

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2 Comments

  1. Gracias, Manuel, por tu comentario.

    Supongo que da igual el medio desde el que escribamos o nos expresemos. Lo hacemos siempre a través de palabras, sintaxis, lógica, conciencia,… pero también dejamos caer en el sentido, el estilo, los detalles, signos de emociones, deseos,… No se puede desligar nuestra razón de nuestras emociones. Van juntas, aunque se divorcien de vez en cuando.

    Saludos desde Extremadura.

  2. Me gusta el enfoque del artículo, pero me pregunto si existe inteligencia emocional en lo escrito. ¿Qué se puede decir cuando hablamos de la manera de escribir, de cómo escribimos y sobre qué escribimos y a quien nos referimos al tocar un tema determinado? También en la escritura, incluyendo la de la cada vez mas creciente social media 2.0, el lenguaje escrito expresa tipos determinados de inteligencia emocional. Por otro lado, ¿no sería el esltilo, la gramática y el lenguaje el coeficiente intelectual? Digo entonces, en ese sentido ¿cuanto de lo escrito en la web 2.0 tiene IE?

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