Los tontos

Publicado en el diario Hoy, 5 de junio de 2010


La primera incorrección política de un niño consiste en desgranar sin contemplaciones: “¡tonto!”. La verdad es que un ‘tonto’ en boca de un niño suena más seguro, rotundo y convincente. Y si un ‘tonto’ se encadena a otros tantos, el efecto se amplifica, a modo de marcha marcial: ‘tonto, tonto, ton, to, ton, to, ton, to, ton’. Los adultos, en la mayoría de los casos, quedamos ante el graderío como despechados, groseros o exagerados cuando percutimos a voces nuestro ‘tonto’, travestido por la edad en perífrasis manieristas como ‘gilipollas’ o ‘hijo de puta’. El niño, sin embargo, es taxativo y su sencillez no deja espacio a la ambigüedad. Si eres ‘tonto’, mejor es reconocerlo, doblegarse ante la intuitiva sabiduría de la inocencia. Además, el ‘tonto’ que sale de la boca del niño lo es en el mismo instante en el que se emite el improperio. Su validez moral es breve, pero ajustada a los hechos. El adulto, sin embargo, puede guardar con encono su ‘tonto’, hasta encontrar el momento más inapropiado o doloroso para la víctima y disparar sólo entonces su batería de tonterías.

Cuando era un niño, creía que un tonto viene a ser algo así como un desgraciado, alguien a quien la fortuna privó de inteligencia y que requiere de nosotros conmiseración y caridad. Con el tiempo descubrí que no sólo estaba equivocado acerca de la soberbia necedad que esconde tratar a los demás con resignada conmiseración sólo por el hecho de creerlos débiles o faltos de algún tipo de capacidad o destreza, sino que la palabra ‘tonto’ esconde en sí misma un potencial polisémico de infinitas posibilidades, capaz de ofrecerte un conocimiento bastante útil acerca de la naturaleza humana.

Una de las primeras experiencias vitales en las que pude adscribir a alguien el calificativo de ‘tonto’ fue, sin embargo, literaria. Ocurrió durante la lectura de El niño tonto (Platero y yo, 1914). Juan Ramón Jiménez recuerda, siempre que regresa la primavera, a un niño sentado sobre una pequeña silla en una calle de su infancia. Callado, pero alegre; clavado en su silla, pero de mirada inquieta. Mi barrio de infancia también tenía su niño tonto, sólo que éste era niño en entendederas, pero adulto en tallaje. Aún hoy creo verle en la calle, contemplando cómo otros niños juegan y riendo, desinhibido, mientras mira al suelo en busca de hormigas imaginarias. Sólo el plateado de sus sienes denota que el tiempo hizo mella en él.

Con el paso del tiempo, uno se cruza con multitud de congéneres a los que bien puede etiquetar, con más o menos justicia, de ‘tontos’. Pero ninguno es ya el tonto de la calle San José de Juan Ramón Jiménez, ni el niño grande, tonto feliz, de mi barrio. Y mucho menos dejan ya en mi deshilachada memoria un recuerdo tan mullido y cálido. Aún así ahí tenemos al ‘tontaina’, que no se entera de lo que dices porque está en Babilonia; al ‘tontorrón’, que de ingenuo parece gilipollas; o al ‘tontolaba’ (tonto del haba), ese pobre al que siempre le toca la negra y aún así sonríe y paga el roscón. En la lista podemos añadir a los que tontean, hablando con melindros para cazar un beso. O aquellos que se ponen tontos al sentir una piel ajena cruzar la suya. Y qué decir de quienes tienen la hora tonta y mientras les dura no hay quién les aguante, o de los tontos con suerte... Todos componen el grupo de venerables tontos que todos somos alguna vez, a cada rato o siempre. Son estas benignas tonturas las que nos hacen humanos, esas cotidianas muescas del carácter las que nos diferencian del vecino.

De otra calaña muy diferente -de la de echa a correr o saldrás escaldado- son los tontos que se ganan a pulso su adjetivo. Los que se hacen el tonto y como quien no quiere la cosa, te la cuelan siempre que pueden, haciendo que cargues tú con el muerto y ellos se lleven las medallas y la foto de portada. A estos tontos les gusta vivir del cuento, aprovechar la ventana abierta del vecino y esquilmar lo que no es suyo. Los verás cómodamente instalados en sus puestos de responsabilidad, defendiendo valores universales y pagando al diablo el tributo de sus desaguisados.

Pero para egregio cantamañanas, el tonto del culo -antes se les llamaba necios-, catedrático del despropósito, rey del litigio ajeno, pavo de plumas de estraperlo, el imprudente que a poco que se te acerque, te hunde la bolsa y la paciencia. Busca lucirse allá donde haya boato, prensa o un puesto que lustre su vanidad. Lo reconocerás por las ruinas que deja tras de sí.

De éstos, me libre Dios o el azar. Porque su estupidez es puro artificio calculado a expensas del otro. Maquillan con disimulo su indecencia con tintes de moralidad e inocencia, y aunque sus obras les delatan, como el ladrón de guante blanco, limpian su mierda, tirándola sobre la honradez del vecino. No te libras de encontrarte alguno de estos majaderos, por mucho que tengas mil ojos en el cogote.

Por eso, yo me quedo con mis tontos felices, ajenos algunos al despropósito del ruin, simples otros, inocentes la mayoría, los tontos a los que ofender les enrojece el alma. Tontos de humanos que son.

Ramón Besonías Román
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1 Comment

  1. Sinceramente, considero la idiotez una ventaja sobre el mundo y al idiota un maestro en una materia tan compleja como la vida. No lo digo con resentimiento ni odio. Más bien con nada disimulada envidia, pues, como Pessoa, nunca supe vivir. Tratando de aprender continúo.

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