No me cambien el nombre

Un escritor fallece y propios y extraños (los más) sacudimos nuestra pluma para adherirnos con oportunismo a su credo o sacarle punta a su biografía. Menos mal que José, de Sousa Saramago, ‘Saramago’ para los medios, ‘Jaramago‘ hablando en plata (quizá a él, amante melancólico de un terruño grabado en sus memorias de infancia, le hubiera hecho más ilusión ser llamado como una planta), ya no está aquí para contestarnos. De estarlo, abriría su blog descarnado y no dejaría títere con cabeza.

Poco han tardado autoridades, colegas de profesión y espontáneos buscando micrófono en dejar sus frases hechas, sus eufemismos y demás adagios proverbiales para rellenar de corrección teñida de respeto los titulares de la semana. Zapareto, llevando el agua a su pozo, declaró: “Jose Saramago y su literatura son muy importantes, no sólo como una persona de izquierdas, con un compromiso social y político muy fuerte, sin también por su profundidad literaria”. El Secretariado de Pastoral Católica sermonea, sin aplicarse el cuento, lamentando que su literatura “no estuviera más desprendida de posicionamientos ideológicos”. Los comunistas con espolones baten palmas en honor a un camarada combatiente. La Ministra de Cultura de Portugal sentencia sin arrugarse que “el último viaje con José ha sido especialmente tranquilo, como él”. Si ‘tranquilo’ no hay que entenderlo como ‘pusilánime’, pues bien, ministra, un hombre de aspecto sereno y respetuoso ha protagonizado siempre cualquier intervención pública del ‘maestro’. Pero cuando hablaba o percutía cada letra en su máquina de escribir, la voz que alentaba sus palabras era más bien la de un autor firme, nada titubeante, sincero y personal. Nunca hablaba un ‘personaje’, pese a las numerosas etiquetas de moda con las que la prensa adjetivaba su nombre. Su literatura, aunque dé la sensación de misal ideológico, es una honesta biografía. ‘Jaramago’ nos habla de su persona, su voz es su mano. No hay doblez ni ironía en sus reflexiones. Cuando maldice con pesimismo la suerte de nuestra especie, es su sentir sincero el que habla, sin ideas huecas que medien su desaliento, apesadumbrado por la derrota del sentido común, de las esperanzas por cambiar siquiera un poco de nuestra mala fe y ansias de esquilmar el mundo.

Las letras de José Saramago son un tratado de antropología. Sus personajes no hablan o actúan como personajes aislados. Más bien son ejemplos del devenir de una especie voraz y depredadora, un Saturno insaciable, que piensa cuando el mal ya está hecho. Saramago nos increpa sin redes que amortigüen nuestra caída. No hay religión, moralina ni falsas esperanzas, aunque en su rumiar espere un cambio que nunca acaba por llegar. Algunos tildan su literatura de ‘utópica’, pero lejos de su intención y sus novelas, Saramago certifica un estado de cosas, realiza la autopsia de una especie avocada a una autoredención necesaria pero más bien improbable. Su literatura es más una novela negra a modo de metáfora moral sobre la decadencia del hombre contemporáneo. Su factura es sencilla, limpia, accesible al lector medio (ésa era de seguro su intención), pero no debe confundirse las formas con el contenido. Sus historias no son amables con el lector, antes bien pretende incomodarlo, hacerle sentir que algo no funciona, no sólo en el mundo en general, sino también en nuestras actitudes cotidianas. Sus personajes están fabricados de la misma materia que nosotros, se afanan en los mismos errores, autojustifican su mezquindad; ciegos de sí mismos, dan bandazos pese a que en su camino hagan caer a otros. En vez de andar juntos, corremos cada cual tras nuestras quimeras, esperando salvarnos solos.

Quizá algunos estén interesados en vendernos la imagen del ‘dulce abuelito’, gran hombre de letras que nos deja, artesano de la palabra, hombre de origen humilde pero trayectoria intachable. Quizá toda esa poesía hagiográfica posea algo de verdad, pero yo prefiero llevarme conmigo esa otra imagen sin consuelo, la del boxeador de la palabra, noqueando conciencias; la del pesimista que siempre oculta en el bolsillo de su pantalón un caramelo contra el desamparo; la del hombre serio, de mirada triste, caminando (hasta su último retiro es iluminador) la arena oscura de Lanzarote, un desierto con mar, como el mundo, como nosotros. Prefiero la palabra asilvestrada, el martilleo incesante a la caricia que duerme. Yo me quedo con su adusta figura, sus ojos mirando lo que no tiene nombre, aún.

“Tolerantes somos, tolerantes continuaremos siendo. Pero sólo hasta el día en el que haberlo sido nos parezca tan inhumano como hoy nos parece la intolerancia. Cuando ese día llegue -si llega-, seremos, finalmente, humanos completamente”. “Díganme cómo es un árbol, díganme cómo es la justicia, no me digan cómo es la dignidad”.

Ramón Besonías Román

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