Good morning, Bagdad

Publicado en el diario Hoy, 21 de agosto de 2010


Tras la invasión, las posibilidades de ganarse la vida se agravaron. Muchos jóvenes tuvieron que agotar sus alternativas, aceptando en último término el trabajo menos deseable: unirse a las fuerzas de seguridad. Las esperanzas de vida de un militar en Bagdad son escasas, incluso antes de pasar por el proceso de adiestramiento. Los centros de reclutamiento son objetivo fácil para los terroristas. El propio gobierno iraquí reconoce que no da abasto y que no puede asegurar estas instalaciones como quisiera. El detector de explosivos ADE-651, activado mediante el movimiento mecánico de los pies, ha demostrado ser un aparato inútil. Viene a ser como el detector de ropa en las tiendas, pero más barato y rudimentario. Sin embargo, aún no han sido retirados por el gobierno.

El número de aspirantes era tan grande que el ejército no podía cubrir el perímetro con un mínimo de eficacia. El suicida lo tuvo fácil. Se acercó a la fila de reclutamiento como uno más. Cuando se había adentrado lo suficiente hacia el cuartel, hizo detonar el explosivo. Casi 50 muertos y no se sabe cuántos heridos, jóvenes en su mayoría, buscando un futuro truncado. No había pasado ni un mes desde el último atentado cruento. Entre tanto, los asesinatos esporádicos se suceden a diario. Las tropas estadounidenses se retiran, dejando sólo 50.000 efectivos que se ocuparán hasta 2011 de entrenar a los reclutas (que sobrevivan).

Por mucho que el gobierno de Estados Unidos quiera mitigar la sensación pública de fracaso -dicen que cada mes hay menos muertos- que supone a estas alturas la invasión de Iraq, los hechos diarios hablan por sí solos. Siete años de invasión han dejado miles de muertos y heridos -396 civiles muertos en julio y más de cien mil desde el comienzo del conflicto-, un gobierno paupérrimo, debilitado constantemente por el terrorismo; los aliados se van, los marines se van, e Iraq se va quedando poco a poco más solo, obligado a una democratización metida a calzador, a reconstruir un país en ruinas, herido aún por la división política y los radicalismos. No hay marcha atrás. Toda mejora debe contar con la fría realidad que deja una guerra marcada por el absurdo, trenzada a expensas de la ciudadanía.

La injerencia extranjera no hizo sino agravar aún más los enfrentamientos internos ya existentes antes de la invasión entre diferentes grupos étnicos (suníes, chiíes y kurdos). Hijos y padres se matan entre sí, pregonando uno las traiciones del otro. Tras la invasión, el partido Baaz destituido, liderado por Saddam Hussein y formado por árabes suníes, sería desplazado por la facción antes discriminada de árabes chiíes, aliados ahora con los kurdos (de origen y cultura persas). Estos chiíes eran eminentemente campesinos sin experiencia, muchos de ellos exiliados, que pronto recibirían un reconocimiento y un poder impensables para ellos años atrás. Aún así, los esfuerzos diplomáticos intentaron que el gobierno iraquí estuviera conformado por ministros de diferentes grupos étnicos, estrategia necesaria pero insuficiente, ya que ha creado un panorama de corrupción difícilmente superable. Nadie se atreve a destituir a los corruptos, por miedo soliviantar a las masas afines a ese sector social y a su vez caer ellos mismos en descrédito. No hay que olvidar que el petróleo dejó el año pasado sesenta mil millones de dólares en ingresos. La democracia tan solo ha cambiado los nombres del gobierno; las infamias gubernamentales siguen siendo las mismas y agravadas aún más por la situación de caos y confusión que genera la amenaza constante del terrorismo (alentada, según algunos analistas, por los propios servicios de inteligencia iraquíes con el propósito de desacreditar a sus oponentes políticos). Cambiar este estado de cosas exigiría varias generaciones y un esfuerzo ingente por reformar las costumbres. A esto se le suma los cerca de dos millones de refugiados que ha dejado el conflicto, hacinados en campos de Siria y Jordania, que viendo cómo están las cosas por casa, prefieren las incomodidades del confinamiento a volver y morir en el intento. De hecho, el número de refugiados crece, movidos por la pobreza creciente en pueblos y ciudades.

Desde que en 2004 se replegaran las tropas españolas de suelo iraquí, las noticias sobre Iraq parecen un capítulo más dentro de la extensa y negra crónica internacional. Los ciudadanos europeos ya no tenemos comodines a través de los que vincularnos emocionalmente con un conflicto que ya de por sí está viciado por la saturación informativa. Ni siquiera la supuesta vinculación del trabajo que realizan actualmente nuestros soldados en Afganistán -recordemos que están allí desde 2002- con el equilibrio estratégico de la zona y la seguridad de los civiles parece un acicate suficiente por el que prestar especial atención a las noticias. Los ciudadanos nos despertamos por la mañana con la noticia de un nuevo atentado contra población civil e inmediatamente volvemos a nuestra rutina diaria. Bastante tiene uno con lo que tiene. Por cierto, ¿por qué habré leído yo este artículo? Ganas de amargarme la existencia, supongo.

Ramón Besonías Román

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