La vuelta al cole

La mía no fue como la pinta El Corte Inglés (niños correteando alegres y decididos, cartera al lomo, en pos de un futuro venturoso). Aún recuerdo algunos detalles de mi entrada en aquel oscuro pasillo interminable hacia aquella entelequia llamada aula. Por mucho que mi madre intentara generar en mí confianza y seguridad, las circunstancias me sobrepasaban, no se pueden imaginar ustedes cuánto. Me imagino llorando como una plañidera a destajo. Hoy los niños entran en el colegio casi con la primera papilla en el estómago. Con semejante preparatorio, les da tiempo de hacerse a la idea de que aquel universo pasará a formar parte, quieran o no, del veinticinco por ciento de su existencia. A mí, sin embargo, me iniciaron en el inefable mundo de las relaciones interpersonales a los seis años. A esas alturas, los niños de hoy ya han pasado de cadete a sargento, sobradamente preparados para afrontar aquello que para mí era por entonces una odisea ajena a mis intereses. Hasta ese funesto instante yo vivía feliz, despreocupado e impasible ante el devenir ajeno, protegido por mis padres de las inclemencias del mundo cruel. La vida era ante mis ojos un parque de atracciones accesible y cotidiano, hecho a la medida de mis deseos, una dulce placenta a la que uno no estaba ni por asomo dispuesto a renunciar. De ahí que el recorrido por aquel pasillo se convirtiera en un sentido acto de protesta, un happening contestatario en obvia defensa de mi derecho a la inocencia.

Quién puede entender que sus padres sean capaces de hacer algo así. Poner a su propio hijo, sangre de su sangre, en manos de unos desconocidos. Cuando llegué a aquella clase pude comprender que tamaña crueldad no era exclusiva de mis padres. Otros niños como yo habían sido arrebatados de su casa y puestos en manos de aquellos sonrientes carceleros, acinados entre aquellas cuatro paredes, como huéspedes de un campo de concentración. Tanta amabilidad y atenciones hacia tu persona sólo podía responder a una hábil estratagema para amaestrar nuestra disidencia. Quizá creyeran que cantando canciones populares y dándonos coba podrían ganarse nuestra confianza y hacernos ceder. Pero no, mi resistencia a la adultez demostró ser más fuerte de lo esperado por mis padres. Durante años enteros planté cara al enconado intento de todos mis educadores por sociliazarme, gimiendo y pataleando en pro de mi reivindicación. Aún hoy creo que estar importunando.

Pronto tanta amabilidad acabó revelándose como lo que era: trabajos forzados. Nuestros vigilantes, ataviados todos con una siniestra bata de médico, comenzaron a asignarnos tareas en un principio de fácil asimilación, pero que pronto empezaron a agobiarnos. Siempre teníamos que estar haciendo alguna actividad. Si te mantenías pasivo o te negabas a colaborar, eras segregado sin contemplaciones o arengaban a tus padres contra ti, obteniendo al llegar a casa una reducción de tus privilegios. En vez de premiarte por ser sometido a semejante maltrato, tus padres te castigaban. Nada tenía sentido. Aunque hubieras realizado exitosamente las tareas asignadas, nuestros capataces nunca estaban satisfechos. No tardamos mucho en comprender que errando adrede las soluciones conseguíamos un cierto alivio a nuestra esclavitud. Hacerse el tonto resultó ser una estrategia convincente. Incluso el director del presidio, del que tuve que soportar numerosos monólogos ante la mirada perpleja de mis padres, estaba convencido de mi irredenta estupidez. Y no le faltaba ojo al intendente. Mi insubordinación perduró con los años, convertida con el tiempo en desidia, a la espera de terminar cuanto antes mis años de pena o, si era posible, conseguir una reducción de condena por buen comportamiento.

Hoy, ya hinchado de edad y más demonio que listo, uno acaba admitiendo que la vida no ha dejado de ser, pese a la obtención de algunas prebendas que otorga la veteraría, una ancha e implacable cárcel de la que nunca acabas escapando del todo. Entonces recuerdo de nuevo aquel pasillo interminable, mis manos arañando el talle de mi madre y mis pies frenando la insistente invitación de mi profesora a adentrarme al interior de la clase. Y quiero una vez más disentir, obligar a la naturaleza a involucionar, regresar como hiciera Benjamin Button a la apacible experiencia de haber nacido de nuevo. Permanecer ignorante y feliz, sorprendido tan solo de oír el eco de mis latidos.

Ramón Besonías Román

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2 Comments

  1. Has descrito a la perfección el trauma que sufre el niño al llegar por primera vez al cole. Esto es así porque se produce por segunda vez, una dolorosa ruptura del cordón umbilical que le une a la placenta de su madre y, en definitiva a su etapa de inocente niñez.
    Este cambio es duro, no lo describiré más porque tú ya lo has hecho sublimemente, pero es obviamente necesario; y, una vez pasado el “susto”, acaban estando encantados haciendo sus primeros amiguitos (en definitiva, escribiendo las primeras líneas de su vida social), y sus primeras tareas (en definitiva, sus primeros logros laborales).

    En estos días, como dices Ramón, habrá muchas criaturitas embutidas en sus babis en la puerta del colegio, aferrados a la pierna de su madre llorando su propio muro de las lamentaciones. La semana que viene…disfrutarán del cambio, no lo dudes.

    Un abrazo.

  2. :DD … yo también empecé a los seis años. Mis padres, emigrantes extremeños en Cataluña, afortunadamente comprendieron en carnes de su primera hija, a la que apuntaron a una academia a los tres años, 'para que saliera bien preparada desde el principio y llegara donde ellos no pudieron', que no por mucho madrugar amanece más temprano. Pero yo no lloré, ni pateé … que lo sepas (y rabies, jajaja).

    Discúlpame la broma. Esta entrada evoca algunos de nuestros primeros recuerdos … y el talante se vuelve así de infantil.

    Saludos, Ramón.

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