Va a ser que no

Serían las cuatro de la madrugada. Unos ruidos molestos le despertaron. Se asomó al balcón y pudo comprobar que la causa de sus desvelos estaba provocada por unos empleados de un famoso centro comercial que descargaban mercancías frente a su casa. Enojada, echó mano del móvil y fotografió detalladamente la escena, a la espera de poder utilizar las evidencias como prueba de lo que consideraba un flagrante atropello contra su derecho al sueño. Más o menos así me lo narró la afectada el día después del suceso. Por el aspecto de su cara, doy fe de que la noche había sido un tanto movida.

Pero de toda su exposición, lo que más me sorprendió fue el hecho de que se le ocurriera fotografiar el atropello. Por regla general, los españoles convertimos nuestras cuitas cotidianas en profusa literatura, sin pasar a la acción vindicativa de nuestros derechos como ciudadanos. Somos pasivo-agresivos en lo referente a reclamaciones. Largamos por la boca exabruptos contra los políticos, el vecino del cuarto, la educación, el panadero, el funcionario frente a su ventanilla,… Pero a la hora de la verdad nuestra indignación se la lleva el tiempo, dejando un poso amargo de resentimiento, cabreo y desidia. El ciudadano pasivo-agresivo asimila su desgracia como un fracaso personal; sus quejas se exteriorizan sobre el verdugo equivocado. El otro es siempre culpable de sus males, pero no expone ante él sus argumentos y demandas. Se limita a declamar su letanía de infortunios. Observa el mundo como un almacén de derechos accesibles a primera mano, sin necesidad de voluntad ni esfuerzo para merecerlos. Lo único que parece importarle es dejar eco de su indignación ante el amigo que le escucha con paciencia, convencido de que cualquier queja es inútil. El mundo seguirá siendo el mismo. Los poderosos nos herirán (es su naturaleza) y nosotros tan solo podremos despotricar y seguir viviendo, que no es poco. El español posee un congénito sentido trágico de la existencia, especialmente en su relación con el poder. Si lo pensamos bien, nuestro periplo democrático es exiguo en relación a la larga trayectoria de absolutismo y dictadura que ha delineado nuestra historia. Quizá nos hemos acostumbrado con escepticismo a considerar que el poder político, si cambia, debe hacerlo por su propio pie o evolución, sin mediación de la ciudadanía. Ni siquiera el hecho de poseer una democracia estable, con garantismos y recursos legítimos al pataleo, parece servir de condición suficiente para que nos animemos a exigir nuestros derechos.

Sin embargo, debemos reconocer que la Democracia no es tan solo un aparato formal, institucional, que se pone a nuestro servicio. La Democracia nos convierte en ciudadanos soberanos, en ningún caso súbditos sumisos del poder establecido. Nunca hemos vivido regidos por un sistema tan garantista, y sin embargo seguimos comportándonos como si estuviéramos sujetos al yugo de un poder absoluto, anestesiados, dormidos, alzando la mano a la espera de las migajas. Este estado de cosas se evidencia con obviedad en las escuelas. Los alumnos adolescentes han heredado de la generación precedente anomia, abulia y desdén por los asuntos públicos. Ni siquiera llegan a enojarse ante lo que consideran un agravio o injusticia. Simplemente esperan a que el pan llegue. Y por supuesto que llega. En demasía y sin esfuerzo. Hemos lanzado el mensaje cruel a nuestros adolescentes de que la Democracia provee de maná sin necesidad de más rezo que la espera. Infantilizamos a nuestros retoños, adultos potenciales, abasteciéndolos de todo tipo de riquezas sin haber aprendido a ganárselas ni utilizarlas. Por esta razón, cuando les falta avituallamiento se sorprenden de que la Divinidad haya tenido a mal privarles de su gracia. Entonces patalean, maldicen y miran de reojo, esperando la restitución de la justicia. Si no llega la bendición, se frustran, creyendo haber sido maldecidos por el desamparo, la mala suerte o la maldad ajena. En ningún caso se les ocurre evaluar su contribución a su infortunio, ni examinan las causas que lo provocaron. Lloran y punto.

Me pregunto cómo reaccionarían los jóvenes si la crisis que estamos viviendo se agravara, si las condiciones de subsistencia llegaran a un punto en el que fuera imposible seguir proveyéndoles del bienestar que ahora gozan. Si no pudieran tener móvil, videoconsola y demás gadgets que configuran su universo social. ¿Harían lo que sus progenitores: farfullar y tragar? Ortega y Gasset apuntaba que una generación acomodaticia, conforme a las normas y creencias de la generación precedente, con el tiempo bien puede ser sustituida en la generación posterior por ciudadanos rebeldes, disconformes, dispuestos a romper con el orden construido por sus padres. Sin embargo, estos cambios generacionales pueden duran décadas, incluso más. Sin necesidad de realizar un análisis exhaustivo de nuestra realidad social, podemos constatar sin despeinarnos que la generación actual de jóvenes no parece muy decidida a transmutar los valores de sus padres. Antes bien desean seguir gozando de los privilegios y holganzas que la Sociedad del Bienestar les ha regalado. ¿Podría la actual crisis llegar a reactivar, en el caso de agravarse, la voluntad disidente de nuestros jóvenes? Va a ser que no.

Ramón Besonías Román


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1 Comment

  1. Muy buena mirada al tema de la indiferencia, creo que es común al pueblo hispano, como se dice popularmente, nos aguantamos un cólico de pie; y respecto a la juventud, creo que ellos son víctimas de una tecnología de la cual nunca carecieron, por lo tanto no le dan el valor que estos adelantos merecen.

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