La bella indiferencia

Publicado en el diario Hoy, 25 de noviembre de 2010

Pierre Janet, un neurólogo francés, discípulo de Charcot, acuñó el poético término belle indifférence para referirse a una extraña dolencia. Los sujetos víctimas de ella mostraban una anómala despreocupación por los incómodos síntomas asociados a su enfermedad. Pongamos el ejemplo de un hombre que se queda ciego de repente, sin encontrar sus médicos a priori ninguna causa física que justifique su invidencia. Lo curioso del caso no se limita tan solo a la ignota naturaleza de la ceguera del paciente. Además de esto, se comporta como si no estuviera ciego. No porque no crea estarlo, sino porque parece no molestarle ni deprimirle. Si no fuera por las claras contingencias cotidianas a las que se ve sometido, nadie diría que estuviera ante un auténtico invidente. Su enfermedad, cuya naturaleza no parece responder a ninguna causa cuantificable, le es del todo indiferente, no muestra ninguna emoción acorde con su drama. Un comportamiento similar lo manifiestan personas que padecen el llamado síndrome de Antón. Tras sufrir una lesión neurológica, se quedan ciegos, pero aún así insisten en que ven perfectamente. Sin embargo, los análisis psiquiátricos certifican que esta negación no se debe a un efecto postraumático ni a una malformación genética (anhidrosis). Simplemente no sabemos por qué este tipo de pacientes insisten en vivir como si no padecieran, como si el dolor no formara parte de su biografía. Quienes les rodean, se muestran confusos, no entienden por qué alguien que debiera reaccionar emocionalmente ante su desgracia, no lo hace y prefiere adoptar una postura imperturbable, analgésica.

Cuando oí hablar de estos extraños casos de incapacidad ante el dolor, se me ocurrió pensar que en el fondo nuestra cultura, la occidental, la desarrollada, cuna del progreso y del bienestar, padece también una dolencia similar, una inefable tendencia a comportarse como si el mundo fuera un parque de atracciones, como si nada pudiese afectarnos, como si viviésemos en un presente perpetuo, una infancia prolongada. Abusamos, con o sin prescripción médica, de analgésicos (opioides), tranquilizantes, sedantes y estimulantes, más allá del sentido común. Anhelamos un cuerpo a imagen y semejanza de los arquetipos mediáticos, conduciendo a nuestros jóvenes a la anorexia. Nos sometemos a la disciplina del gimnasio y al bisturí dermoestético, liposuccionando nuestra autoestima. Bebemos y nos drogamos en los afterhours, hasta que la luz del día nos devuelve a la aciaga realidad del trabajo. Nuestra cultura se protege bajo esta belle indifférence del dolor y la muerte, comportándose como si la perfección y la eternidad fueran horizontes accesibles a nuestra naturaleza.

Con la misma analgesia con la que creemos rehuir el dolor, articulamos estrategias sociales que nos aíslan de la violencia que protagoniza a menudo nuestro día a día, a expensas de nuestra conciencia. A lo largo de nuestra más o menos dilatada existencia hemos podido contemplar a través de las pantallas de televisión, cine, ordenador, móvil, tableta y demás dispositivos tecnológicos, miles de agresiones, asesinatos, violaciones, humillaciones, sentados cómodamente en nuestro sillón, comiendo al mediodía o bebiendo unas cañas con nuestros amigos, para después proseguir apaciblemente nuestra descuidada cotidianeidad más allá de la pantalla. Observamos impasibles, como espectadores; pese a la perplejidad que nos produce contemplar un acto de violencia, tras la pausa de publicidad, seguimos a lo nuestro. Nos hemos acostumbrados a experimentar la violencia y no reaccionar ante ella. Estudios académicos demuestran que los medios de comunicación pueden ser un factor determinante en nuestra actitud ante la violencia ajena, reforzando nuestra pasividad cuando contemplamos actos de agresión, ya sea física como psicológica. La cultura del ocio y el entretenimiento oficia de anestésico contra la lucidez, nos aísla de la realidad que nos resulta desagradable, proporcionándonos dosis regulares de placebos que consumimos sin rechistar, obligados por inercia social o conveniencia.

Esta bella indiferencia posee, más allá de su carácter sociológico, un matiz profundamente político. No solo anestesiamos nuestra capacidad de sentir emociones ante el dolor ajeno, sino que con ello también paralizamos nuestra capacidad de indignación y resistencia, claudicando ante la injusticia y amparando a quien la comete. Vivir en el mundo real, sin plegar sus aspectos indeseables, se convierte en una obligación moral y en un recomendable ejercicio de salud mental, mal que nos pese.

Ramón Besonías Román


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2 Comments

  1. Así es.
    En mi país hay una frase demasiado usada que refiere a este mal con bello nombre: Algo habrán hecho.
    Era y es la mejor forma de no comprometerse con lo que le pueda estar pasando al prójimo. Pensar que por algo caen en desgracia mientras nosotros seguimos con nuestra vida habitual y que cuanto menos hagamos (para bien o para mal) menos posibilidades hay de que nos arranquen de esa rutina adormecida que ni siquiera imita bien a la felicidad.

  2. Ya lo hemos escrito: vivimos en la asepsia, en una inercia hacia lo vacío. Vemos el dolor ajeno como un ingrediente más de la obra a la que asistimos. Forma parte del entramado. La cultura, la actual, la que estamos construyendo, está creando espectadores. No hay que involucrarse para disfrutarla del todo. Sólo verla: verla discurrir, olvidarla después, recuperarla más tarde a través de miles de formas (internet es un cofre maravilloso) y meternos ottra dosis por si nos remuerde la conciencia. Estamos perdiendo la conciencia. Tuvimos la experiencia pero perdimos el significado, lo escribió Eliot. Hago la frase mía. Nuestra. Un abrazo.

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