El dilema de los eurodiputados


Imaginen un trabajo en el que las mejoras de sus condiciones laborales dependieran de su voluntad, que dispusieran de libertad e independencia para determinar si cobran más o menos. Un chollo, ¿no? Quizá piensen que me estoy refiriendo a los autónomos, pero no. Éstos es cierto que se pagan a sí mismos, pero lo hacen en función de lo bien o mal que les haya ido el mes. Por el contrario, a los trabajadores de mi reflexión les pagamos usted y yo, los ciudadanos, y para colmo trabajan -supuestamente- como representantes nuestros, poniendo su voz y su voto en el Parlamento Europeo.


Al parecer, no sé qué iluso creyó que si proponía a los eurodiputados una enmienda que congelara en 2012 sus dietas y salarios, éstos, en un acto de generosidad y honradez moral, se autoaplicarían el recorte sin replicar. Como ya habrá supuesto el perplejo lector, nuestros ilustres representantes votaron no por amplia mayoría; para hacer el tonto que lo haga otro. Modificar las reglas de viaje en primera clase por billetes en clase turista, no acumular dietas y congelarse el sueldo. ¡Habrase visto!


Si suponemos que nuestros eurodiputados son políticos que velan por el bien público y no por sus intereses privados, lo lógico hubiera sido que votasen sí a la enmienda. Un acto tan honesto les hubiese proporcionado un reconocimiento popular inestimable. Aún así, decidieron tirar por el camino más llano. ¿Por qué? ¿Porque nuestros eurodiputados son en su mayoría unos mezquinos egoístas? Es de suponer que cada eurodiputado pensó, antes de votar, que sus homónimos no son tan altruistas como él y que lo más probable es que optarían por desestimar la enmienda. De ahí que sus votos se inclinaran hacia el no casi por unanimidad. Ahora bien, ningún eurodiputado podía saber con antelación el voto de sus compañeros de parlamento. Quizá algunos -como fue el caso- decidieran que una enmienda como ésta puede ser una medida razonable y justa. En este caso, -acúsenme de ingenuo- la tendencia del voto se hubiera inclinado probablemente hacia el sí. Pero, por desgracia nuestra y para gozo de la cámara, los seres humanos tendemos a pensar que nuestra naturaleza es menos desprendida de lo que debiera. A los hechos me remito.

Ramón Besonías Román

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