Repensar la izquierda



El Debate sobre el Estado de la Nación fue una crónica de un discurso anunciado. Era de esperar que tanto Zapatero como Rajoy subrayaran la línea de razonamiento dibujada por ellos desde hace tiempo. Nada nuevo bajo el sol. Zapatero insiste en su análisis de la crisis en atribuir su naturaleza a factores sistémicos y al terrible efecto que sobre nuestra economía ha generado la explosión de la burbuja inmobiliaria. Nadie esperaba algo así; una vez encima -defiende-, hay que articular medidas que equilibren la agenda europea con el respeto a la sostenibilidad de los servicios sociales. El Presidente está convencido que este equilibrio se rompería si el gobierno cayera en manos del PP, pese a que éste prometa una estrategia económica que sea capaz de generar empleo y a su vez seguir gozando de los mismos logros sociales que hasta ahora.

Por su parte, Rajoy remarca su táctica de desgaste, reproduciendo hasta la saciedad la misma cantinela que ya replicara Aznar con Felipe González: ¡váyase!, nosotros lo haremos mejor. Rajoy juega con la indignación ciudadana, intentando propiciar una rebelión a bordo. Si la tripulación acaba creyendo que el barco está a punto de zozobrar, el pánico y la rabia se apoderarán de ellos y pedirán un cambio de capitán, tirando al anterior por la borda. De hecho, si el PP ganara las próximas primarias, lo haría otra vez como consecuencia del ciclo de desgaste político del adversario. Sucedió con Aznar y puede volver a suceder con Rajoy. El PP viene a ser una especie de resorte de supervivencia, un plan B; si los progresistas no son capaces de manejar el timón, cambiemos de almirante. Es difícil imaginar una alternancia política en España que en época de bonanza otorgara la confianza del gobierno a los conservadores. Tomemos como ejemplo un símil familiar. Mientras hay dinero, los niños tiran de papá, que les da de todo; se encarece la hucha, mamá entra en escena, imponiendo un orden de austeridad. Según esto, sería presumible pensar que cuando acabe la crisis o mengue la tormenta, los ciudadanos volverían a dar su confianza a los progresistas, menos rácanos con los bienes públicos. En el fondo, la clase media española cree en el modelo socialdemócrata como la alternativa más benévola con los derechos de la ciudadanía; si tira de la derecha es como castigo que reequilibre el sistema en tiempos de crisis, no porque creamos realmente que el modelo conservador sea la mejor garantía política. Además, el conservadurismo del PP aún sigue estando ligado, aunque intente hacerse un lavado de cara ante la opinión pública, a valores morales preconstitucionales, o por lo menos muy alejados de los cambios sociales que ha experimentado España en las últimas décadas. La oposición del PP a la ley del aborto, la presencia de una Educación para la Ciudadanía en la escuela, la ley de matrimonios homosexuales, la política del Estado con la Iglesia Católica, ponen de manifiesto el divorcio de los conservadores con la sociedad civil. De hecho, no es de extrañar que el grueso del discurso político del PP se centre en la economía y en una fuerte campaña de desgaste contra el gobierno. Su discurso moral se circunscribe a generar en la ciudadanía seguridad económica y física. Cuando pretende vender su rancio concepto de patria o unidad nacional, el barco hace aguas.

España es de izquierdas, pero -por ventura- no es estúpida, y pide a los progresistas una reflexión profunda que reactualice su discurso ideológico, adaptándolo al tiempo presente. Las demandas del 15M suponen un ejemplo vivo de esta vindicación ciudadana. Este movimiento social posee un carácter claramente progresista. Su reformismo insiste en la necesidad de reactivar la vida social de la ciudadanía, su compromiso y participación en los asuntos públicos. Igualmente, confronta la fría crueldad del sistema financiero con la necesidad de una valentía política que proteja a los ciudadanos contra los efectos perversos de la globalización económica. Y por último, no está dispuesta a tolerar la corrupción interna de las instituciones y los excesos de la clase política. En el fondo, todas estas demandas son una llamada de atención para que los progresistas repiensen su papel dentro de esta sociedad nueva, más lúcida, menos autista, mejor formada, sensible con los asuntos públicos a través de la red y no de los medios tradicionales de información.

Los conservadores nunca han concedido un papel especialmente relevante y activo a la sociedad civil española, ni están convencidos de que deba existir un control político de los mercados. En el único punto en el que coinciden con el 15M es en la necesidad de un plan de austeridad institucional y de control contra la corrupción política, dos lacras que afectan tanto a su partido como al PSOE. El PP no toma realmente en serio al Movimiento 15M; si no ha sido especialmente virulento con él es porque aún puede utilizarlo como argumento contra el gobierno, presentándolo como un síntoma más de su debilidad y falta de apoyo ciudadano. Una vez en el gobierno, no dudará en debilitar su éxito mediático y reprimir su presencia en las calles. Los conservadores conciben la sociedad civil como un conjunto de individuos con intereses plurales, nunca como una colectividad unida con legitimidad para participar en la vida pública más allá de su derecho al voto.

Los signos de los tiempos no indican que el viraje hacia la derecha conservadora se haya producido tanto por los méritos propios de su proyecto político, sino como consecuencia de una incapacidad por parte de los progresistas de ilusionar a la ciudadanía en tiempos de crisis, de convencerla de que realmente vamos por buen camino y más tarde, más pronto, saldremos de ésta. El castigo electoral es una llamada de atención por parte de los ciudadanos para que la izquierda repiense su discurso, ponga orden dentro de su casa y renazca de sus cenizas con un rostro renovado.

Ramón Besonías Román

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