Ratzinger, Camps y Pons y otros chicos del montón



El señor Pons está resuelto a convertirse en algo más que un adlátere, para ser una imagen de la marca PP. Ya se retrata incluso jugando -cuerpo a tierra- con su hija, sonrisa Profiden, cual amantísimo páter. A este paso, el electorado no va a saber si realmente es Rajoy o, por el contrario, Esteban González Pons quien se presenta a las primarias como reluciente candidato. Después de todo, siempre es más motivador el brío dialéctico del showman Pons a la parsimonia discursiva de Rajoy.

Cada día una perla mediática con la que seguir en el candelero político. Todo un esfuerzo. Y las que le quedan. La última deslumbra por su sinuosidad ideológica: «Cuando ganemos, los sindicatos volverán a ser reivindicativos». A este paso, no sería de extrañar que el PP acabe convirtiéndose en el héroe salvífico de los ideales socialistas, recuperando el resplandor del siglo de oro de los sindicatos. Todo un ejercicio pirotécnico de estrategia proteica. El PP es capaz de convertirse según el día en un airado defensor del libre mercado, como otra mañana le da por tatuarse la hoz y el martillo. Me recuerda a Zelig, ese disparatado personaje de la filmografía de Allen que según a quién se arrimara, así mutaba de aspecto y discurso. El problema de Zelig es que no sabía muy bien quién era realmente. Algo así le sucede al PP. No acaba de cuajar su identidad, plegado como está a la estrategia pusilánime de querer casarse con todos sin amar a ninguno.

Al único mandamiento que aún sigue manteniéndose fiel el señor Pons y sus correligionarios es al de su fidelidad dogmática hacia el señor Camps, al que en breve no es de extrañar que conviertan en santo patrón de su partido, mártir sacrificado a mayor gloria del voto, varón de virtudes, paradigma de honradez y honestidad, adalid del progreso nacional. No dejo de imaginarme la cara de Camps en el cuerpo sufriente del San Sebastián de Botticelli, atravesado por las flechas paganas, pero impasible, aguantando el tipo para no dar motivos de júbilo a sus verdugos. Ya que el Papa está a punto de caer por España, no estaría mal que beatificara a Camps. Ya puestos. Con Camps canonizado, en loor de santidad, quizá Pons pueda tener ganado el voto católico.

Ramón Besonías Román



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