Ius ad bellum




Publicado en el diario Hoy, 3 de septiembre de 2011



El tiempo no nos ha hecho más sabios; simplemente han cambiado las excusas, se han sofisticado. Actualmente, la religión no es ya en Occidente -salvo casos como el de Yugoslavia- un motivo para ir a la guerra. La primera causa por la que se estableció en Europa la libertad religiosa no fue por razones morales, sino para evitar mayores derramamientos de sangre. De hecho, Locke, uno de los padres de este concepto, defendió la separación entre Iglesia y Estado como una solución a las guerras de religión del siglo XVII. Cuando hablaba de libertad religiosa, se refería al enfrentamiento entre católicos y protestantes, dejando fuera de esa tolerancia a los musulmanes. Hoy, la excusa para metemos en el berenjenal de una guerra no es la defensa de la Cristiandad, la pureza racial o la protección de la virginidad nacional. No, hoy ponemos como enseña moralizante la defensa de derechos humanos y valores democráticos. La Cristiandad ha sido sustituida por una federación de naciones civilizadas que velan por el mantenimiento de la libertad política. Al igual que a los súbditos del Medievo les resultaba razonable hacer la guerra para expandir la Fe Verdadera por el mundo pagano, hoy nosotros empatizamos con la causa libia porque supondrá (en teoría) el paso de una dictadura militar a una democracia garantista. Vemos con buenos ojos las revoluciones en los países musulmanes porque creemos que estas traerán una organización política, económica y social similar a la que nosotros disfrutamos. Tendemos a querer para los otros el tipo de felicidad que nosotros disfrutamos, sin pensar en el carácter polisémico de los conceptos morales y la diversidad de culturas y pareceres que configuran la vida en otros países. Hemos adoptado una suerte de fundamentalismo cultural etnocentrista, auspiciado por el egotismo de la política exterior estadounidense. Es más fácil convertir al diferente a tu imagen y semejanza que intentar comprenderlo.

Mucho me temo que la universalización de los derechos humanos es tan solo una excusa para proteger intereses geopolíticos y económicos. De hecho, si no fuese así, hace tiempo que se hubiera puesto en el punto de mira de nuestra preocupación moral el sur de África. Queremos la libertad de aquellos países que, tras su excarcelación sociopolítica, podamos sacar tajada. No sería extraño pensar que dentro de unas décadas el punto de mira de las intervenciones militares se sitúe en los países asiáticos, especialmente China, una economía en creciente expansión. La aplicación del derecho internacional y la precisión de las armas de largo alcance ha humanizado las guerras, ha minimizado los efectos sobre la población civil. Pero los comodines que condicionan la elección de un objetivo u otro siguen haciendo uso de la naturaleza moral del conflicto armado como justificación racional, obviando los intereses subyacentes. El último ejemplo revelador de este tipo de operaciones de maquillaje lo tuvimos en la ocupación preventiva de Irak por parte del ejército norteamericano y sus aliados.

Los movimientos populares en el mundo árabe ponen de manifiesto no solo la necesidad ciudadana de cambios radicales en su sistema político y económico, sino también intereses geoestratégicos. La estabilidad política de Oriente Próximo, su evolución hacia gobiernos menos agresivos con Occidente y más permeables a la liberalización de sus mercados, es un objetivo prioritario de la Administración Obama y de la Unión Europea. En poco tiempo estará en juego la competitividad de nuestro mercado en comparación con Asia. Ganarse a los países musulmanes es un reto prioritario para el mundo occidental. En este panorama, los viejos tiranos que mantienen una actitud de recelo u hostilidad hacia Occidente son un grave obstáculo para revitalizar el mercado de cara a futuras generaciones. La aculturación política es tan solo un paso dentro del proceso de fagocitación económica de estos países, y la guerra un daño colateral tolerable.

Libia es un socio petrolífero e hídrico (35.000 kilómetros cúbicos de agua) inestable, demasiado volátil como para dejar que siga haciendo de su capa un sayo; era necesario actuar. Tony Blair y Sarkozy no tuvieron reparos durante años en valerse de sus servicios, sin escrúpulos hacia su política social. Ahora se venden las revueltas populares árabes como ejercicios de democracia y lucha por la libertad. Como las revueltas populares no fueron suficientes, EE.UU. dio un empujón al advenimiento del orden democrático con una intervención militar, usando la legitimidad moral de la ONU como campaña publicitaria que justifique la intervención. Tras el conflicto, solo quedará un gobierno provisional, bajo vigilancia y control norteamericano, mezcla entre traidores gadafistas y trepas pro occidentales. En este contexto, quien sigue perdiendo es el pueblo. Y todo por el control estratégico de los recursos naturales (agua, gas y petróleo).

Europa no tiene petróleo propio y EE.UU. solo vive de un 25% del suyo. El gas libio atraviesa el Mediterráneo y el 85% del petróleo libio acaba en Europa. Repsol YPF (España), Total (Francia), Shell (Reino Unido) y RWE y Wintershall (Alemania) están esperando a que acabe el conflicto para seguir extrayendo crudo en Libia y aprovecharse de las ventajas premium que proporciona ser aliado del nuevo gobierno. Todos dependemos de la compra externa de recursos energéticos. La nacionalización de los recursos de Libia y de otros países de Oriente Próximo (que suponen hasta un 75% del total de las reservas de petróleo del mundo) plantea graves problemas de cara a una provisión a largo plazo, de ahí que se recurra a la guerra como medio que permita privatizar estos recursos naturales y así servirse de ellos a gusto y sin injerencias. Ius ad bellum.

Ramón Besonías Román



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1 Comment

  1. Geopolítica, geomoral, geocaja, geochanchullo: podemos manejar el vocabulario a capricho, Ramón. Es cierto lo que expones, muy cierto. Hay un puñado de empresas que miran por la ventana a ver si acaban los conflictos (bélicos, religiosos, no sé, es lo mismo) para meterse a fondo y seguir sacando beneficio. Esa es la palabra. El beneficio. A costa de lo que sea. El llenado de la tesorería. Piratas como los de antes pero con libros estabulados y gobiernos que no alcanzan a separarse de lo que los mercados (el mercado, tampoco sé) piden. A gritos, cuando hace falta. No ha sido el texto alegre, Ramón, para empezar el domingo.

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