Funambulismo

Un político es un fiel opositor a las circunstancias, un desfacedor de entuertos. Su misión es obligar a la realidad a plegarse a la justicia social. Bajo la confianza en que sus representantes serán leales a esa causa, los ciudadanos nos acercamos a las urnas sin crédito. Es una rotundo acto de fe. No estamos seguros de que cederles nuestro optimismo merezca la pena, pero qué otro poder excepto la política puede prestarse a tal empresa. Los mercados van a lo suyo, cerrar trimestre con beneficios. A ellos no debemos ser leales, ya que no devuelven en prenda a nuestra confianza otra cosa que su propia lógica de costes y beneficios. Solo la política puede pretender ser nuestro mediador ante el azar, solo ella puede quebrar el látigo del infortunio, doblegando el interés personal en equilibrio social. Solo ella, mal que nos pese.

Nunca fue tan difícil ser político, convencer a la ciudadanía de que merece la pena seguir confiando en metas comunes. Europa pone en peligro la confianza de los ciudadanos en sus representantes. No entendemos por qué debemos ceder a sus exigencias, por qué retocar nuestra Constitución en aras de un esotérico rescate económico. La política económica internacional impone a los políticos reformas que el ciudadano no entiende ni se le explican. Solo se les exige acatar pasivamente la marcha de los acontecimientos y esperar, confiando que la tormenta amaine. La promesa de una relación cercana entre políticos y ciudadanos es disipa ante la perplejidad que generan los hechos.

La economía es la asignatura pendiente de la política. La ciudadanía no tiene la sensación de que sea la política quien lleve las riendas del país, sino que oscuros intereses financieros (que ni siquiera la clase política llega a comprender) configuran la vida pública. El tsunami de la crisis hace que los políticos se mueva al son de la intendencia financiera. Ellos lo llaman responsabilidad política; nosotros, el pueblo soberano, no sabemos si encogernos de hombros o mentarles la madre. Es difícil pedir paciencia y confianza desde la oficina del paro, con la empresa a punto de quebrar o terminar la universidad sin expectativas de encontrar otro trabajo que repartir pizzas. ¡Cómo confiar en que la administración exhaustiva de reformas económicas a nivel internacional provocará a largo plazo un alivio a nuestra economía! El pueblo, a estas alturas, ya solo quiere hechos; ni monsergas ni homilías.

Los comicios del 20N van a ser los más amargos de nuestra democracia, porque se nos pide tener la voluntad de confiar a ciegas, de dar un paso al vacío sin red. El votante pasa a ser un funambulista suspendido en el aire, con miedo a mirar al suelo. A lo lejos, los candidatos nos sonríen y alientan a que crucemos el fino hilo de alambre sin angustia ni acritud, mirando al frente. Nosotros, escépticos e indignados, obviamos su invitación, convencidos de que si salimos de esta, será no gracias a su ciencia arcana, sino porque hemos sabido buscarnos la vida y un viento favorable nos ha acompañado, nada más.

Nunca fue fácil gobernar en tiempos difíciles; es menos oneroso prometer bienestar cuando las arcas rebosan. Las decisiones deben tomarse mirando a largo plazo, no cediendo a la tentación de dar el pan que mañana no se tendrá. Pero al igual que el político tiene la responsabilidad de mirar a lo lejos y en global, el pueblo debe ceñirse a su realidad más perentoria, exigir alivio real a sus contingencias ahora y ya. Los futuribles suenan a estafa cuando la faltriquera padece anorexia. Europa queda lejos, el mercado financiero suena a religión totalitaria y la política no sabe (quizá no pueda) explicarnos los qués y los porqués. Solo nos resta saber ejercer el peligroso oficio de funambulista.

Ramón Besonías Román


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