El cruasán de Holly

Ver pasar las nubes, tumbado sobre la hierba; tomarse un dulce con parsimonia, deleitándose en el sabor, apurando con los dedos las migajas; observar la lluvia tras el cristal, al calor de la lumbre; oler a tierra mojada; ver pasar el mundo a tu alrededor, ajeno al ruido, mientras conduces o eres conducido… Todos tenemos el nuestro, un espacio en el que decoramos a nuestra manera la felicidad, donde nos sentimos protegidos del temporal, a salvo del peso de los días. Un rincón privado y congelado, breve pero intenso, prosaico pero nuestro, en el que dibujamos para nuestros adentros un paraíso personal e intransferible.

Hoy me he enterado de que se cumplen 50 años del estreno de Desayuno con diamantes, a la que pocos recuerdan por ser adaptación de la novela de Capote, y muchos por tener como protagonista a la grácil y elegante Audrey Hepburn, icono pop reproducido hasta la saciedad por el merchandisin de turno. De entre todas las escenas perdurables en mi memoria, casi siempre sitúo en primer lugar la imagen de Holly frente al escaparate de Tiffany’s, desayunando un cruasán. Su percha impecable y el boato de la famosa joyería contrasta con la cotidianeidad de la que dota a la escena la masa inflada de hojaldre. Holly viste a juego con sus sueños, pero ese cruasán la sitúa en la realidad, es el único detalle que la enfrenta a sí misma. Holly Golightly vive de su impostura, se alimenta de la ilusión de una vida burguesa, glamurosa y superficial, ahogada en requiebros masculinos. Cuando mira el escaparate de la joyería, no ve tan solo los diamantes que ansía; también se ve reflejada a ella misma, travestida de Givenchy y engullendo un cruasán en plena calle. El cristal le devuelve su identidad. Pero Holly solo desea diamantes; evita que el reflejo le agüe el instante primordial.

Sí, es cierto, amigo lector, todos somos como Holly, todos necesitamos de nuestro Tiffany’s particular, nuestro refugio íntimo, un feto insonoro e inmaculado,… y sentir que no hay retorno, que allí podemos habitar por siempre. Pese a saber que Holly se engaña, no nos importa adormecernos con ella en ese paréntesis perdurable. Los sueños son la única salvación del náufrago. Blake Edwards lo sabía. Por eso decide rescatar a su protagonista, ya al final de la trama, a través de otro sueño confuso, el amor romántico.

A pesar de que intentemos plegar nuestros sueños en vigilia a la cruda realidad, estos momentos de felicidad impostada se resisten a morir, reflotando en nuestro inconsciente a modo de imágenes, películas en nuestra memoria de aquello que pudo ser y no fue, fue pero no pudo, o ni fue ni pudo.

Ramón Besonías Román


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4 Comments

  1. La ficción es el refugio, la ficción es la evasión, el salir de uno y ser otro. Imagino que los actores sienten eso cuando son otro en el escenario, frente a las cámaras. Los que escribimos, mejor o peor, pero con conciencia de estar haciéndolo, estamos más al tanto de estos recursos para vivir en lo real, pero sin que lo real te esclavice. Opino como Joselu, que lo ha explicado muy bien. La aspiración ésa de la que habla. Lo de Miguel, excesivo, pero no dudo que real. Lo real, si no se sabe gobernar, aturde. Evoquemos Moon River, Ramón. Buena forma de presentar tu blog. Tendré que pensar hacer yo algo parecido pero mi plantilla creo que no lo permite. No sé.

  2. Si esos espacios casi virtuales no existieran, cual placentas intemporales y benéficas, el número de suicidios se dispararía. Evoquemos también la bellísima canción “riográfica”. Suena Moon River.

  3. Hace mucho tiempo que vi esta película y no la tengo reciente. En cuanto a tener un refugio, una burbuja de aislamiento, un lugar a salvo de la vorágine, tal vez del tiempo… es una de las aspiraciones más maravillosas que tengo. Concuerdo contigo en la búsqueda de esa espacio imaginario, paraíso acogedor, que nos guarda del exterior.

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