#globalchange


719 ciudades en 71 países, que se dice pronto. ¿Qué movimiento mundial es capaz de congregar al mismo tiempo a miles (tirando a poco) de ciudadanos de culturas, credos e ideologías diferentes en un mismo evento vindicativo? Esperanza Aguirre afirma que son solo sicarios de la izquierda. Si tuviera razón, sería igualmente significativo pensar cómo la izquierda internacional es capaz de congregar a ciudadanos de todo el mundo. Apartidarios, no confundir con apolíticos. Aristóteles decía -y en esto, os lo aseguro, era una autoridad contrastada- que política es cualquier actividad que suponga traer a debate lo público, lo que afecta a algunos o a todos; en este sentido, todos los ciudadanos hacemos política cada vez que levantamos el dedo y cuestionamos o proponemos acciones en las que se ven involucrados desde una comunidad de vecinos hasta una organización internacional, pasando por cualquier grupo social que tenga inquietudes por mejorar su futuro en común. 
Los griegos -no los de ahora, los de la Antigüedad, los que inventaron eso que llamamos Democracia- veían con buenos ojos que sus conciudadanos participaran en la vida pública; aquellos que solo atendían a sus asuntos personales eran tachados de egoístas e incívicos. No bastaba con ser un buen padre, un buen trabajador; el buen griego debía participar en la vida común, arrimar el hombro cada vez que se le necesitase. Hoy todo ha cambiado; gozamos de una democracia estable desde el punto de vista institucional o formal, pero sacamos un cinco pelado en participación democrática. Hoy cada uno va a lo suyo; nos hemos acostumbrado a pensar que la estrategia más sabia es que cada uno guarde su sombra y no se implique en los asuntos públicos, a no ser -por supuesto- que con ello pueda sacar alguna tajada sustanciosa. Por esta razón, cuando salió a la plaza pública el movimiento 15-M, periodistas y políticos se mostraron cautos, cuando no impasivos (incluso los hubo que estigmatizaron el movimiento como un happening perroflautil). 33 años de democracia y ya, tan pronto, nos hemos instalado en la pasividad, viendo las vindicaciones ajenas como un gesto pirotécnico de una panda de chiquillos que no saben ni atarse los zapatos. Esta mañana (14 de octubre) escuché con atención a dos jóvenes representantes del movimiento 15-M cómo respondían a las preguntas de Ana Pastor y un grupo de periodistas de tertulia mañanera. Lo que me dejó perplejo no fue la seguridad moral y la honestidad de los dos jóvenes, no; fue la sensación amarga de que los contertulios realmente no les estaban escuchando, que creían estar ante una versión desmejorada de sus propias ilusiones fracasadas allá por los 60. En cierto modo, los periodistas estaban indicándoles a los jóvenes la puerta de salida. 
El periodismo español ya no es lo que era, o quizá nunca lo fue. Escuchas las tertulias matutinas y solo ves clientelismo, efectos especiales, un show más pendiente de radiar día a día la crónica política que extraer de ella algo que nos haga reflexionar y mejorar; se echa en falta hondura e independencia. «Rajoy nombra segundo de lista a Gallardón»; ya tenemos asegurada la moviola discursiva del día (cuando no del resto de semana). Pero ¿a quién importa quién sea el número dos, el cinco o el decimosexto? El periodista lanza su dardo informativo hacia un hecho, esperando que los miles, millones de ciudadanos que les escuchan sigan su linde; que tomen esas noticias como titular de su interés público, que se conviertan en la red en trending topic. Pero ¿es esto lo que interesa a los ciudadanos?, ¿es hoy en día realmente la prensa nacional un intermediario plausible entre los ciudadanos y el poder político? Las decenas de miles (quizá más aún) de ciudadanos que saldrán mañana a las calles de todo el mundo no fueron movidos por las opiniones de la prensa profesional; es muy probable que la mayoría ni lean periódicos ni vean telediarios. Su discurso se teje en un ágora singular: la red. En los años sesenta, las vindicaciones se fraguaban en la calle, en las casas, en reuniones clandestinas y a través de folletos, fanzines y octavillas. Hoy se debate a través de Facebook, Twitter o WhatsApp; y funciona. La viralidad política a través de las nuevas tecnologías es eficaz, y lo más importante, se teje sin el permiso de los grupos de presión tradicionales, a los que estos movimientos tachan de vendidos y acomodados. 
El movimiento 15-M practica política, y lo hace a su manera, como hoy entienden los jóvenes que hay que interesarse por lo que sucede en el mundo. La clase política obvia que este nueva forma de interesarse por lo público es y será el espacio privilegiado en donde se construirá en el futuro un tejido social activo, con ganas de discutir, demandar y proponer. Esos jóvenes que hoy pasan horas charlando en la red tienen inquietudes, problemas e ideas de futuro, y en poco tiempo serán adultos incorporados a la vida profesional, incluso política. Los políticos profesionales (de sueldo y escaño) de la vieja escuela son a día de hoy un relevo reemplazable; se necesita renovar plantilla, perspectivas renovadas que miren la vida pública de otra forma y entiendan que los modelos tradicionales de información, publicidad e intercambio de ideas están mutando, no solo porque haya cambiado el canal de comunicación hacia la red, provocando nuevos vehículos de diálogo, sino también porque las demandas sociales, los discursos a pie de tweet revelan una nueva ciudadanía. Igual que Mayo del 68 reveló un cambio generacional que afectaba a la manera de concebir padres e hijos costumbres, normas y hábitos culturales, Marzo del 11 (por iconizar la metáfora) demuestra una brecha también cultural entre la generación analógica y una juventud digitalizada, que comienza a ver en las nuevas tecnologías no solo una forma de ocio y entretenimiento, sino también un ágora política desde la que contestar y exigir, sin ira, pero con voz firme, a la generación que le precede. Los poderes fácticos quizá pensaron que Internet sería un perfecto analgésico contra la disensión, una manera eficaz de tener entretenida a la ciudadanía, mientras otros hacían y deshacían sin que les replicaran. Los hechos deberían hacerles reflexionar. Los jóvenes no solo quieren divertirse, quieren hablar, tomar partido y pedir cuentas.
Estas próximas décadas van a ser emocionantes. La rebeldía de las nuevas generaciones no llegará como un estallido pulsional, sino que se irá construyendo a fuego lento. La generación más joven es aún muy acomodaticia y pasiva, principalmente porque nosotros, la generación precedente los hemos drogado a base de placebos infantiles, un bienestar que es gozo para hoy y tristeza para mañana. Se acostumbraron a creer de nosotros que el mundo es un edén, una fuente de la eterna felicidad, ajena al dolor y la adversidad. Nadie lucha en contra de algo si no existe una fuerza igual o superior que le contraríe. Estos movimientos sociales son solo un germen, un ademán que revela necesidades latentes dentro de la ciudadanía, con voluntad de emerger y solidificarse.
Ramón Besonías Román
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1 Comment

  1. Ojalá muchos alumnos de secundaria se unan a la jornada. No he visto demasiada movilización pero quizás me engañe. Es hermoso tanto impulso en los blogs a la iniciativa. Salud.

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