Pinocho en la Moncloa

Publicado en Barra Libre, 22 de noviembre de 2011

No sabemos bien si se trata de una fotografía de la Consejería de Turismo de Galicia, o un reclamo que ilustra las excelencias del turismo rural. Si no fuera porque conocemos al modelo que la protagoniza, nadie diría que asistimos a la contemplación de una imagen publicada en el diario El País días antes de los comicios del 20-N. Rajoy aparece en pose relajada, manos embutidas en los bolsillos, chaqueta desabotonada, piernas en posición descanso, mirada serena al infinito. En definitiva, ademanes importados para otorgar a la escena sensaciones de seguridad. Hasta hace unas pocas semanas antes de las elecciones generales, Rajoy no se presentaba ante el foro mediático como algo más que un candidato. Las encuestas y el consiguiente apoyo de los medios de comunicación y de los grupos de poder del país izaron al compostelano a la Moncloa, seguros de apostar por el caballo ganador. Ya solo quedaba presentarle ante la ciudadanía como líder competente. 

Geppetto crea un muñeco de madera, con la esperanza de que aún día cobre vida; y el Hada Azul le echa un cable, pero no sin antes poner ciertas contingencias al contrato: Pinocho será un niño como otro cualquiera, pero manteniendo su naturaleza de madera. Ningún cuento, por muy optimista que pinte, deja de poseer un tinte de distopía. Pese a que el hechizo transmuta la materia inerte de un muñeco en un niño, el Hada Azul recuerda a Pinocho su anterior condición a través de un singular efecto: cada vez que mienta su nariz crecerá y crecerá sin remedio.

En el cuento original, Pinocho, tras una trepidante odisea iniciática, regresa a casa de su creador. El encuentro con su progenitor desfacerá el hechizo, convirtiendo al niño de madera en un ser humano de carne y hueso. En la realidad, en el día a día de andar por casa, estos finales devienen en utopías complacientes, en placebo para incautos. Los Pinochos terrenales nunca regresan a casa (la erótica del poder los retiene en el sillón presidencial), no los crea un carpintero entrañable (para esa empresa ya tienen a la industria del merchandising político) y mucho menos dejan de tener la prodigiosa facultad de desplegar su cavidad nasal hacia el éter infinito.

Firmado: Pepito Grillo.

Ramón Besonías Román
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