E-lectores



Tranquilidad, ya caerán; es cuestión de tiempo. Esto debieron pensar hace unos años los fabricantes de e-readers. Hoy puedes comprarte uno por menos de 100 euros y descargar legalmente un libro más o menos actual por unos pocos euros. Amazon da fe de ello. El único obstáculo era convencer a autores y editoriales a pasarse a lo digital, y lograr que la ciudadanía cambie el hábito de leer en papel por las ventajas del nuevo vehículo de lectura. Y ya está sucediendo, aunque poco a poco, sin grandes sobresaltos. En 2011, solo se vendieron 190.000 unidades, lo que supone solo un 0,2% sobre el total del mercado editorial. Casi todos los libros vendidos fueron de no ficción. Sin embargo, se intuye que la descarga de ebooks por vías no comerciales ha crecido exponencialmente desde hace un par de años. La Federación de Gremios de Editores de España afirma que el número de usuarios de eBooks en 2011 alcanzó el 6.8% en españoles mayores de 14 años. De entre los entrevistados, el 73% confesó que consiguieron sus ebooks a través de descargas gratuitas, frente a un 37%, que sí pagaron por descargarlos.

La venta de e-readers y tabletas a finales de 2011 fue espectacular. El mundo editorial teme que le suceda lo mismo que a la industria musical, por lo que está empezando a ponerse las pilas, abriendo un espacio en sus webs donde ofrecer libros en versión digital, aunque aún a un precio poco atractivo. Según la FGEE, “en 2010, las editoriales españolas facturaron 70,5 millones de euros gracias al negocio digital, un 37,5% más que el año anterior”. Y la Association of American Publishers (AAP) publicó que mientras las ventas del sector editorial disminuyeron un 2,9% en 2011, el negocio de los ebook creció un 72%.  

La tendencia al ebook low cost se está extendiendo más allá de Amazon, intentando hacer sombra al virus de lo gratuito en la red. Descargar un ebook es aún más cómodo que descargar una canción, y existen numerosas webs donde hacerlo con comodidad. A esto se suma la reticencia del universo editorial hacia este mercado emergente. Por otro lado, los autores no pueden desprenderse del apoyo mediático que les brindan sus editoriales, vendiendo directamente en las webs; pero el porcentaje que reciben por venta de ebooks es aún una miseria. Asimismo, sumos a esto que el IVA del libro digital es del 18%, frente al 4% del de papel.

El libro digital llega tarde y lento. Los ebooks son aún muy caros, incapaces de hacer competencia a la piratería. Se hace urgente abrir una mesa negociadora en la que políticos, editoriales y autores lleguen a un modelo de negocio sostenible. Libros baratos y atractivos, accesibles para todos. Internet impone una proletarización cultural. En algunos países, al calor del aumento en la venta de tabletas, están empezando a rediseñar el modelo de libro tradicional, haciéndolos audiovisuales e interactivos. Y las editoriales de libros de texto escolares ya ofrecen numerosos materiales digitales a la nueva escuela 2.0. 

Al igual que está sucediendo con la industria cinematográfica en la red, con la proliferación de webs emergentes que ofrecen productos a costes sostenibles mediante streaming y que poco a poco van cambiando y cambiarán los hábitos de consumo de la ciudadanía, las editoriales debieran ir pensando en reciclarse y ir dando pasos hacia una metamorfosis digital. De no hacerlo, la reeducación de las costumbres culturales será más lenta y debilitará aun más el tejido empresarial de este sector.

La innovación empresarial y el apoyo institucional serán dos condiciones necesarias para el éxito de las nuevas iniciativas. Booquo, por poner un ejemplo, ya ofrece tarifa plana para descargar todos los libros que se deseen, dentro de un catálogo. Y existen numerosos sitios (incluido Facebook) en los que los escritores noveles pueden vender sus obras a los internautas. A esto hay que sumar el efecto socializador de la lectura que está provocando Internet. Son cada vez más las comunidades de lectores, blogs de lecturas y recomendaciones, espacios digitales de escritores, clubs de lectura y demás formatos cibernéticos que favorecen un clima cultural antes desconocido. 

Ramón Besonías Román
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4 Comments

  1. Soy un lector de libros digitales que se descarga en Amazon libros gratuitos y otros de pago. Los gratuitos no ofrecen una calidad contrastable. Se desconoce quién es el editor, quién es el traductor en el caso de ser una traducción y carece de cualquier tipo de introducción crítica. Los que son de pago son algo más fiables. Creo que es necesario el debate. El internauta que habla del “acceso gratuito al conocimiento” no piensa que hay cineastas, técnicos de sonido, actores, maquilladores, músicos, autores de novelas cuyo trabajo es la creación y entienden que debe de ser gratis toda tarea creativa. No entienden así su propio trabajo que también podríamos socializar y dar gratis como acceso gratuito al conocimiento. No, Ramón, los que son partidarios de la bandera pirata solo hablan de acceso gratuito al conocimiento, no piensan pagar ni siquiera una cantidad simbólica de tres euros por una obra literaria. El conocimiento se puede abaratar pero no se puede dar gratis, pero este modelo de pirata digital no entiende que deba pagar ni poco ni mucho. Solo tiene una idea en la cabeza y es que debe haber barra libre en todo lo relativo a la creación. La idea de la gratuidad absoluta es nefasta y profundamente injusta. Lo terminaremos pagando todos.

    Saludos.

  2. No sobran los debates, Carlos. Y menos en este tema. No es una cuestión tan simple. Hay factores que van más allá del acceso del ciudadano a la cultura.

    En otras épocas, el escritor quizá podía permitirse crear sin recibir nada a cambio. Hoy eso es imposible. La concepción de Internet como un expendedor gratuito de cultura es ingenua y peligrosa. Socializar y hacer más accesible la cultura no es lo mismo que regalarla. La cultura (como producto) debe ser barata y para todos, pero no gratis, exceptuando la libertad de ceder tus obras por voluntad propia o el acceso libre a obras clásicas.

    Como profesor, te puedo asegurar que mis alumnos valoran más los libros cuando tienen que pagarlos.

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