Semana fantástica



Establezcamos una hipotética clasificación de las campañas publicitarias. En primer lugar,  tendríamos las campañas esporádicas, de promoción o presentación de productos; después las de temporada, Primavera-Verano, Otoño-Invierno, Semana Santa y otras fiestas de guardar. Y por último, las campañas de El Corte Inglés, omnipresentes, como el ojo panóptico de Dios. Todo el año es una perpetua Semana Fantástica, un repertorio gozoso de epifanías, henchidas de ofertas. 

Ambrosías paganas, textiles consagrados a mayor gloria del vil metal. El Corte Inglés es el calendario espiritual de la religión capitalista. Siempre en eterna ablución de armario ropero, en efusiva fiesta consumista. No hay respiro para ajar el pantalón recién estrenado, la blusa aún sin lavar, cuando un nuevo catecismo reclama de nosotros dejar hueco a nuestros deseos. Walter Benjamin tildaba al siglo pasado como la era de la reproductividad técnica, de la incombustible repetición de lo mismo, el fin de la creación. Warhol dixit. 

Y lo que nos queda. La crisis no ha apagado la capacidad homeostática de esta maquinaria de hacer dinero. Siempre que voy hacia mi trabajo, veo a mi derecha una valla publicitaria, dedicada en exclusiva a la misma empresa. Esto me permite estar informado con tiempo de las novedades de estos grandes almacenes. Observo pasar las estaciones al compás de las prendas que lucen las modelos de temporada, bamboleando precios y estéticas al son de los convencionalismos impostados por el gurú de turno. La mirada es caprichosa, y mientras unas veces me detengo en el deleite de contemplar la pose de la modelo -especialmente en las campañas de verano-, otras sonrío con los eslóganes etéreos del cartel: Ya es primavera, Summer Time, El otoño es todo tuyo, Regala Navidad… Pero en esta ocasión mi atención se centró en el precio de la prenda, un vestido plisado Elogy, con jaretas en la parte superior, manga tres cuartos y escote redondo. Sencillez y color al módico precio de menos de 50 euros, rebajado cerca de 20 euros, en un acceso de generosidad empresarial anti crisis. Un detalle. 


Mientras observaba el detalle de la rebaja, reflexionaba acerca de la imposibilidad de que nuestros compatriotas nimilerueistas puedan hacerse con esta prenda, a pesar de la reducción de precio. 50 euros para un sueldo de 800 supone un 16% del presupuesto mensual. Un lujo. 


“Alejandra Suárez, 23 años. Estudiante de quinto de Publicidad. Camarera en una cafetería, gana 320 euros al mes (por 12 horas semanales) con un contrato indefinido”. Para ella es evidente que no estamos en una semana fantástica. El paro juvenil en España es de un 49,9%, mientras la media europea es del 22,4%. Sin embargo, un 37% de los menores de 30 años posee título universitario o ha acabado un Ciclo Formativo de Grado Superior. ¿Fantástico? No, ciertamente no. La España fantástica -falseadora de la realidad, sería más correcto-, de pandereta mediática y neón callejero, no resiste la flagrante consistencia de la realidad. Me resultará difícil volver a ver la valla de El Corte Inglés con los ojos que antes la observaba. El sueño feliz de un mundo fantástico, con ninfas elegantes, ataviadas con hermosos ropajes, posando con altivez sus perchas bamboleantes y mirando al espectador pauloviano con autosuficiencia, queda transformado a la luz de los acontecimientos en un cuento inquietante, en un eufemismo, una hipérbole insolente.

Ramón Besonías Román
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