Lincoln según Spielberg


I. Episodio nacional

Es inusual encontrar biopics que no sean hagiográficos. Lincoln no es un biopic, ni siquiera una hagiografía al uso. La estructura nuclear de la hagiografía es el retrato de un personaje real a través de la presentación elogiosa, exagerada, de episodios significativos de su biografía. Lincoln solo cumple de entre estas características la de presentar al personaje como un hombre bueno, honesto, más allá de lo esperable en un ser humano. Queda claro desde el arranque de la primera escena que Spielberg adora a Lincoln, la cámara adora a Lincoln, el espectador debe adorar a Lincoln. No hacerlo es de locos, o peor, antipatriótico. Pero como quien escribe se encuentra exento (por ventura) de manifestar el menor ardor patriótico, puede contemplar la película más allá de su tendenciosa glorificación del decimosexto presidente de los Estados Unidos de América. 

Los europeos, más escépticos y cada vez menos temerosos de Dios, a pesar de haber engullido cientos de películas estadounidenses a lo largo de nuestras vidas, seguimos manifestando -por lo menos yo- una cierta perplejidad al experimentar estos accesos de culto al ídolo histórico, esta fanfarria presidencialista, esta santificación política, jubilosa y acrítica. Secularizaciones inquietantes que el europeo con una cierta mirada acepta como un defecto cultural ajeno. Nadie imagina tanto entusiasmo hacia ninguno de nuestros padres fundadores; el español es más dado a despotricar contra la intendencia, pese a permanecer indolente ante sus fechorías. Y es que ya se sabe, santa, santa, solo es la madre propia y, si me apuran, la virgen del Rocío (o la que calce cada pueblo). En cualquier caso, los americanos saben como ninguno mitologizar su historia, mantener la unidad nacional a través de ficciones audiovisuales y demás merchandising.

Lincoln es en realidad un episodio nacional, narrado con un ritmo pausado, pero enérgico: el inquietante proceso de obtención de apoyos para aprobar la decimotercera enmienda. La maestría de Spielberg hace que equilibre con sabiduría la historia intimista, el retrato humano, con la cronica histórica, de tal forma que el conjunto adquiera un sentido común. Puedes elegir quedarte con uno u otro, sin desmerecer al resto. Esta ponderación obedece a que el director se ha contenido a la hora de pintar las emociones con el grosor al que nos tiene acostumbrado, dibujando una película a la que podríamos incluso tildar de sobria. Demasiado sobria para el espectador que espere un compás más alegre. 

II. Un fin moral justifica medios reprobables

La talla de un ser humano se mide por sus decisiones difíciles, por su capacidad de saber lo que es correcto en cada momento, pese a que con ello deba sacrificar su honestidad. Este parece ser el mensaje explícito del retrato de Lincoln. Nadie recordará en siglos venideros si un puñado de políticos sacaron rédito a cambio de votar a favor una enmienda que sí será recordada como un avance moral significativo en la historia de los derechos humanos. La bondad de la enmienda y las consecuencias mayúsculas que reportará su aprobación justifican la venta de votos. No olvidemos qué país es la cuna del pragmatismo político. 

Spielberg intenta por todos los medios moderar su querencia por el personaje y en una escena (solo una) muestra a Lincoln como un lider autoritario e inflexible. “Soy el presidente de los Estados Unidos de América. Estoy dotado de un poder absoluto. Así que consíganme esos votos.” En el resto del metraje aparece como un ser cariñoso con sus hijos, comprensivo con su esposa (en sentido decimonónico) y hábil estratega político, entregado a una única causa: abolir la esclavitud. Los códigos hagiográficos se cumplen, pese a la habilidad de presentar la maniobra política en toda su extensión y significado, sin tapujos. La superioridad moral de Lincoln permanece inalterable, derivando el relato en el eficaz cuento luminoso al que el maestro Spielberg nos tiene acostumbrados. La Historia pierde su complejidad, su alergia a ser estandarizada en moldes cerrados, pero en manos de Spielberg gana en ética y estética; se salva el mito, a mayor gloria de América.

Cabe reprochar una escena final que roza el ridículo, con la figura de Lincoln tras una vela encendida, y que confirma la intencionalidad del autor por delinear un retrato amable en exceso, pese a elegir de trasfondo un episodio con aristas. El resto, impecable, cine en estado puro.

III. Dibujando emociones

Tengo clavada una escena de La lista de Schindler en la que se ve a unos judíos, presos en un campo de exterminio. Uno de ellos ve cómo unas motas grisáceas caen del cielo. Mira a un lado y otro, perplejo, en busca de la fuente de aquella lluvia misteriosa. No tarda en descubrir que se trata de ceniza, o peor, lo que queda de sus compañeros tras ser cremados vivos. Spielberg es un genio de las emociones. Con escasos elementos, sugeridos de forma tangencial, provoca emociones profundas. Lincoln posee un puñado de ejemplos de este virtuosismo. Citaré algunas de ellas. Si no vieron la película y tienen intención de hacerlo, quizá deban de leer lo que sigue solo tras su visionado. Lo dejo a su libre albedrío.

Primera: Lincoln entra en una habitación iluminada tan solo por el fuego de una chimenea. Junto a ésta duerme su hijo, tumbado junto a un plano militar, unos soldados de plomo y daguerrotipos de niños esclavos, subtitulados con sus nombres y precio. El padre se tumba junto a su hijo y el hijo hace lo propio sobre el padre. Lo monta a caballo y se lo lleva a la cama. Hasta ahora la cámara había seguido el movimiento del protagonista casi toda la escena, pero al alejarse el hijo a lomos de su padre, el objetivo se mueve hacia las zapatillas de Lincoln, olvidadas sobre el suelo de la estancia. La imagen adquiere en ese momento un significado emocional, una constatación silente del amor entregado del padre, que soporta sobre sí no solo el cuerpo del infante, sino también el futuro de toda una nación.

Segunda: El hijo mayor de Lincoln cae en la atención de la sangre que borbotea generosamente desde una carretilla que empuja con esfuerzo un soldado. Intrigado sobre su contenido, sigue el rastro hasta una fosa común, repleta de miembros amputados. Desde el principio, tanto el personaje como el espectador, podemos intuir con terror el infeliz inquilino que alberga la carretilla, pero aún así deseamos con interés recorrer con él el camino hacia la fosa, desvelar su horrible verdad. Como el personaje, exigimos implicarnos, no ver la tragedia desde lejos, descubrir por nosotros mismos los sacrificios, la impúdica insolencia de la muerte.

Tercero: El presidente de la cámara lee el resultado final de la enmienda, pero el plano se corta en el mismo momento en el que iba a confirmar lo que cualquier espectador con un mínimo de cultura sabía de antemano. El siguiente plano nos lleva a la casa de Lincoln, aparentemente tranquilo en su despacho. Suenan generosas las campanas. Lincoln se asoma al balcón, tapado tan solo por unas leves cortinas blancas que traslucen su figura. No vemos su rostro, Spielberg no nos deja ver la satisfacción dibujada en su cara. Solo vemos a su hijo sumarse al balcón y la imagen del padre girándose para mirar a su benjamín. Todo a través del velo casi traslúcido de la cortina. No es necesario adivinar el gesto de alegría contenida, la feliz serenidad de un fin de trayecto. Sugerir en vez de mostrar intensifica la fuerza emocional de la escena, obliga al espectador a sentir la alegría del personaje, imaginarla por sí solo, sin necesidad de pruebas.

Cuarto: La escena muestra una representación teatral. Vemos al hijo pequeño de Lincoln en un palco. De pronto, un espontáneo corta la obra para anunciar la terrible noticia del asesinato de Lincoln. La cámara pasa directamente al hijo. Asistimos en primer plano a su dolor, manifiesto en el gesto rotundo de aferrarse fuertemente al pasamanos del palco. Spielberg no opta por mostrarnos la muerte de Lincoln, sino experimentar con empatía las respuestas emocionales que provoca en uno de sus seres queridos. Durante todo el metraje hemos visto numerosas escenas en las que el pequeño demuestra el cariño que se profesan mutuamente padre e hijo. Spielberg sabe que la intensidad emocional será más potente si en vez de contemplar la tragedia en primera persona decide mostrar el dolor que deja en el niño. Sentimos con él la muerte del padre, nos aferramos con él al pasamanos.
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1 Comment

  1. Un gran personaje, en su faceta política y personal, pero demasiado charleta, en esta versión, un vara, sermoneador, y a ratos incluso un tanto lunático. Y todo en esa manera tan Spielberg, de resaltar emociones de forma descarada a través de la música, de abrazos del 'todosjuntosporfin', tan impositivo en sus sentimientos… Pero un personaje como Lincoln no puede producir una mala película y de estas tampoco Spielberg sabe hacerlas. Un saludo!

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