El bueno, el feo y el malo



En el célebre western de Leone, El bueno, el feo y el malo, tres personajes se disputan el protagonismo de cada escena. Rubio (el bueno) es el pistolero a sueldo; Ojos de Ángel (el malo), el matón pulcro; y Tuco (el feo), un fugitivo siempre vigilante por si la muerte le alcanza por la espalda. Permítanme convertir este símil fílmico en un reflejo del trasunto político extremeño, y de paso entrever las actitudes que caracterizan a Monago, Celdrán y Vara. 

A Monago le he asignado por méritos propios el papel de el bueno. Entiéndanme lo de bueno como una ironía (se sobrentiende). Monago quizá represente fuera de Extremadura una suerte de reibarrización del discurso en defensa de nuestros intereses regionales, pero desde dentro su estrategia es más bien la de aquel que intenta contentar a todos a través de su calculado rol de centrista, basculando su narrativa en función del rédito político. No es una lógica exclusiva de Monago; muchos otros neoconservadores parecen haber encontrado en el discurso sobre el fin de las ideologías la excusa perfecta para hacer de su capa un sayo a medida. Monago representa como nadie el papel impostado del buen gestor, alérgico a categorías teleológicas; anclado en la asepsia del estratega, evita que se vea el refajo de sus acciones, la mano que mece su cuna. Sabe que la desideologización a quien más hace daño es a la izquierda. Según esta teoría, el burócrata conservador solo puede ser evaluado en términos de error o eficacia, mientras que el socialista interpreta el péndulo de sus afectos entre la traición y la fidelidad a su credo. Esto afea las previsiones electorales del PSOE y atempera los daños evidentes que está provocando la gestión del ejecutivo de Rajoy sobre sus barones autonómicos. Las mata callando, ni chicha ni limonada. Monago es como la Coca-Cola, para los progres, para los neocons, para los defraudados, para los devotos… Siempre Monago.

Celdrán posee in aeternum el título de el feo. Hasta hace nada, invicto alcalde de Badajoz, jubilado con arrestos para desflorar su verbo allá donde encuentra abono a su incontinencia; amigo del chascarrillo arrabalero, desde que tengo memoria viene haciendo de su retórica soez virtud para una ciudadanía ciega, sorda y muda, que confunde maleducado con campechano. Celdrán, en estética, representa la Extremadura pre constitucional, de señoritos y riegracias, que recibe por herencia infusa el cetro y no lo abandona hasta que un ahijado digno de su magnificencia recibe la gracia de relevarle. En no pocas ocasiones el feo en política gana, travestido de amigo del pueblo, campechano y azote de rojos.

A Vara le confiere la reciente memoria popular la categoría de el malo. Hijo predilecto de Ibarra, arropado a su sombra, fue tejiendo, por tibio y conciliador, su imagen de bonachón y atemperado, que a causa de los pecados irredentos de su partido acabó tornando, por la lógica infame del rebote, su virginal postal política en reflejo de la pusilanimidad del socialismo pos Zapatero. Ya puede Vara beber agua bendita que malo es y malo queda en este spaghetti western. Y -he aquí su aciago destino- a día de hoy no hay heredero que beba su cáliz, ni voluntad para fabricarlo. La aporía de Vara no obedece tan solo a fuerzas exógenas, también y en buena medida al legado de Ibarra, quien transmitió a su pupilo un modelo de liderazgo anclado en un poder sin fisuras -pese a su pose angelical-; enrocarse y resistir, trágica hipóstasis de un general Caster embutido en sus botas hasta que la muerte falsee su aparente sentido del deber. Vara actúa como el padre benefactor de una camada huérfana y desperdigada, incapaz de regenerarse. Si Dios muere, ¿quien podrá ocupar su lugar? Mejor aferrarse a una deidad moribunda y esperar a que amaine.

Como ven, Extremadura rinde fiel tributo a esta profana trinidad. Tan alta vida espero, que a una vela ardiendo me aferro.
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