Sortilegios


Lo único positivo que uno le puede sacar a las tiranías es su falta de tacto a la hora de enmascarar sus intenciones. Sus actos reflejan su voluntad, sin injerencias de atrezo. Se agradece su pornográfica escenografía. Celebran su impoluta potestad sin prejuicios. Es lo que tiene no deberse a un electorado. En nuestras democracias es difícil distinguir entre el discurso impostado y la honesta palabra. Es más, luce mejor y resulta en no pocas ocasiones más verosímil la pirotecnia del ladrón que la lucidez del justo. Como en las películas, el malo nos subyuga con su pose ambivalente, convirtiendo al bueno en pelele sin sustancia. Las chicas eligen al chico malo, al chulo con moto y moral difusa, pese a pagar con creces los efectos secundarios que arrastra tras de sí. El ciudadano (incauto) bebe en las manos del político que presente los títulos de crédito más espectaculares. Como en la publicidad, apostamos por caballo ganador en el jinete que luce mejor, pese a que su cabalgada sea mediocre. En política, aunque nos duela, cuenta más una presentación efectista que el discurso que debiera sustentar el ejercicio del poder. Somos así de ingenuos. A costa de contemplar un producto acabamos creyendo en sus virtudes, sin necesidad de haberlo testado previamente. El medio es el mensaje, vaticinó McLuhan. Las ideas son tan solo la cáscara que adorna la puesta en escena. Tiene éxito quien es capaz de generar estados emocionales en torno al producto que intenta vender. El discurso racional nada tiene que hacer frente a una eficaz sugestión. La fría razón deviene en artificio, mientras un sortilegio bien diseñado alienta nuestra confianza. El sentido común, cuando carece de una emoción que lo acompañe, torna en sospechoso sinsentido. Quizá por esta razón la política está más cerca de ser un subgénero literario que una técnica social, ya que la materia de la que se sirve no son hechos o ideas, sino esperanzas y perplejidades. ¿Acaso importa si un proyecto político es honesto o no? La clave está en el adorno, en la presentación de un escenario que exorcice nuestras expectativas. Pese a la común aceptación de que detrás de todo votante hay un ciudadano racional, la realidad desvela que votamos imponderables, humo, anabolizantes del deseo. La ideología política es tan solo la salmodia que acompaña al ritual, la letanía que reza el penitente, retórica perlocutiva. 
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2 Comments

  1. La respuesta de la ciudadanía a la versión del PP a los atentados es un buen ejemplo. Ayuda a entender que lo que realmente nos preocupa es la honestidad del sistema. Creer en él, pulsar su verdad, aunque sólo sea en momentos de falsación. Sin embargo, el resto del año debemos conformarnos con una versión degradada de verdad. Nos conformamos con la puesta en escena verosímil, sabiendo en el fondo que todas carecen de coherencia y que no pocas están fundadas en bajos fondos. Gracias por pasarte por La Mirada, Joselu. Un abrazo.

  2. Si te pones a pensarlo, la política es totalmente un bluf en que no se debaten ideas, ni programas, ni proyectos. Nada, posiblemente sea todo humo, como dices, un aparato de poder que ejerce su sugestión y sus campañas de ideas manipulando la sociedad y todos los resortes de poder. Es entonces cuando te das cuenta de lo inerme que está el ciudadano ante los artilugios del poder. El 11 M de hace diez años produjo un dilema infernal para el poder. Si el atentado era de ETA, el PP arrasaba en las elecciones. Si eran los fanáticos islámicos, perderían las elecciones. Ya sabemos lo que pasó, y como el PP perdió el poder por la reacción de la ciudadanía ante la mentira, y que llevó a centenares de miles de votantes de izquierda a votar al PSOE. Tal vez en otras circunstancias se hubieran abstenido.

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