República

 

República

 

Hoy se conmemora un nuevo aniversario de la II República española (14 de abril de 1931). Se celebra con efusividad por algunos, en silencio en boca de otros. Reflejo de que todo lo que tenga que ver con la República aún se asocia con etapas preconstitucionales, por mucho que sus más fieles adeptos vean en ella la solución a todos nuestros males. La República es interpretada en España como emblema ideológico, icono de asertos que encienden la ilusión a unos y cabrean a otros. La sombra alargada de nuestra reciente historia planea en el imaginario colectivo, impidiendo la tan manida y tan poco perseguida conciliación social.

Quien escribe es republicano de corazón, es decir, mi sentido común me dice que la mejor manera de convivir es hacerlo bajo un modelo institucional en el que las viejas instancias políticas dejen paso a un verdadero gobierno popular, laico y regulado por políticas no deudoras de otros valores que no sean aquellos que nosotros mismos nos dictemos a través de una Constitución fiel a los signos de los tiempos. Y es aquí, en el concepto mismo de “signo de los tiempos”, donde el sentido común debe enfrentarse con la realidad. No existen indicios -no solo entre nuestros representantes políticos, sino también entre la ciudadanía- que demuestren que estemos preparados para solidificar entre todos un discurso que supere viejas inercias, atadas a catecismos enrocados en su verdad y herederos aún de atávicas batallas. A esta metástasis contribuyen con alevosía y sin prejuicios partidos como PP, PSOE e IU, quienes se sienten más ligados a su tradición ideológica que a la creación de espacios comunes de convivencia. Esto hace escaso favor a la causa republicana, la cual en vez de identificarse con la ideología de una parte, altamente polarizada y hostil con el resto de conciudadanos, debiera verse como patrimonio de todos. Como no es así -y a muchos les conviene que así sea-, me temo que esta empresa seguirá perteneciendo por mucho tiempo al reino de lo posible.

Sin embargo, no todo induce al escepticismo. La crisis ha producido un viraje en la percepción que tenemos los ciudadanos de nuestras instituciones, alentando una desideologización de la vida política y generalizando la demanda de modelos de convivencia ajenos a los viejos catecismos políticos. Esta redemocratización de la vida social, muy crítica con lo que podríamos denominar “largo anexo de la transición” es una semilla que augura un nuevo bautismo del republicanismo, pero servido en nuevos odres, ajenos al discurso polarizado de la izquierda y azote del derechismo de los conservadores. Una redemocratización que pide un modelo conciliador, consensuado, transparente y alérgico al vocabulario que ha caracterizado durante décadas el diccionario político de nuestro país. La actual ciudadanía pide acuerdos y penaliza el blindaje ideológico, sueña con reactualizar la Constitución bajo parámetros que permitan un largo futuro de convivencia. Sin embargo, la clase política sigue ligando este viraje a una moda pasajera, que tan solo cataliza de manera temporal los miedos e incertidumbres que provoca la crisis económica, pero que en ningún caso supondrá a largo plazo una modificación sustancial del tradicional pacto social en democracia. De ahí que no se presten a prometedores experimentos y confíen en que el tiempo reconduzca las aguas y adormezca el debate.

Hay que saber escuchar a la hierba crecer. No es difícil percibir, tras el ruido que genera la crisis, el repunte de un nuevo periodo histórico en transición, que ya ofrece síntomas suficientes que lo evidencian y que no afectan tan solo al plano político, sino también al cultural. Cambios a los que los viejos partidos no están respondiendo con la generosidad que la ciudadanía espera de ellos, y que de seguir enrocados no es baladí pensar que produzcan mutaciones en el espectro político que con el paso del tiempo redibujen el panorama.

Quien escribe sueña con una república de las ideas, libre y plural, transparente y con voluntad de convivir, desligada de dogmas, pero fiel a valores compartidos que ya desde la Ilustración vienen siendo un patrimonio difícil de proteger. Ahí es nada.

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1 Comment

  1. Totalmente de acuerdo contigo: los valores republicanos son los que hacen una sociedad mas justa, libre y democrática, pero los actuales partidos no estan por la labor, les va bien como está el corrupto sistema que nos imponen desde sus mayorías engañosas. Si el PP odia todo lo que significa republica es porque jamas ha ent endido de democracia, pero lo realmente triste es ver al PSOE, al que desde mi punto de vista le sobran la O y la S, sin dar un paso en la reivindicación del republicanismo a pesar de sus mayorías al frente del gobierno, renegando de sus orígenes y de la memoria de los que dieron su sangre porque hoy estuvieran formando parte de él. D

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