Entender Europa

González

Escuchando anoche a Felipe González en el programa de Ana Pastor, El Objetivo, sus reflexiones me suscitaron no pocas incógnitas. Su análisis se centró no tanto en el trasunto electoral, cuanto en los retos globales a los que se enfrenta Europa en un futuro no tan lejano. Quizá su partido esperara de él un discurso más complaciente; sin embargo, González, más sabio por viejo que por sabio, hizo de su capa el sayo que le apeteció, llevando el debate a esferas más elevadas. González habló como intelectual, no como militante; no se ciñó a decir lo que se espera de un socialista en campaña. Sin embargo, pese a la conveniencia o no de sus palabras, lo que dijo merece reflexión pausada, más allá de intereses parciales u hojas de ruta electorales. Pero primero es preciso hacer un aviso a navegantes: González habló en calidad de analista; no pretendió hacer lecturas militantes ni alegatos sensibles con la realidad cercana al ciudadano. Su interpretación debe juzgarse en un plano teórico, de pura exégesis política. Lo digo porque en las siguientes horas la red se inundó de todo menos requiebros, y al día siguiente el mismísimo Rubalcaba se desligó de la tesis de González, en un tono poco amistoso. 

Según González, Europa se enfrenta no tanto a un duelo entre los viejos estandartes ideológicos del siglo XX, no a la lucha clásica entre derechas e izquierdas, cuanto a nuevos enemigos que amenazan el Estado del Bienestar y la posibilidad de Europa como horizonte futuro. Hasta la fecha, la izquierda ha identificado como anverso político las ideologías conservadoras de centro, con las que se repartía en cada país la tajada electoral, y con la que discrepaba en tonos y credos, pero compartía igual respeto por el ideal europeo de casa común. La simplificación que el siglo XX hace del universo ideológico hoy ya no sirve, y requiere un análisis más profundo. A esto se suma el hecho de que la crisis de legitimidad de las viejas ideologías ha provocado una ola de anti europeísmo, plagada de discursos sin sustancia programática, pero que calan en un electorado cansado y dispuesto a vender su primogenitura por un plato de lentejas.

González insinuó que el reto esencial de Europa es unirse en un frente común contra este anti europeísmo, lo que llevaría a nivel internacional a necesitar un gran pacto PP-PSOE que consensúe medidas sólidas para la construcción de una Europa fuerte, que compita con las economías emergentes y proteja el Estado de Bienestar. Esta tesis, mirada en clave nacional, se revela como un sinsentido, ya que elimina la esencia misma del relato tradicional que configura la vida política española, dividida en bandos ideológicos irreconciliables, y pone el acento no en el egocentrismo de las políticas de casa, sino en la edificación a largo plazo de lo que podríamos llamar una política de miras, pensada en la distancia y no en las necesidades perentorias. La mirada del estadista frente a la del político de calle. Por supuesto, González eligió un momento inconveniente para lanzar sus tesis, pero esto no les resta verosimilitud.

¿Cómo explicar esto al ciudadano de andar por casa, preocupado por llegar a fin de mes? Europa es difícil de explicar, porque no la componen necesidades unívocas ni soluciones cortoplacistas, ni siquiera complacientes. Otros piensan por el ciudadano, confiamos en ellos para hacer lo que se debe. Sin embargo, es preciso obtener una explicación que contente, que avive el ánimo y nos lleve a votar. Creer en imponderables, sin crédito. Y saber que nadie puede en Europa hacer política en solitario, sin el arbitrio del diálogo y el acuerdo, ni obtener resultados sino con paciencia y tesón, a muy largo plazo. El ciudadano, sin embargo, no puede esperar, no puede seguir un año más en paro. El ciudadano quiere soluciones para mañana y Europa solo puede ofrecerlas a muy largo plazo; más aún cuando los discursos económicos se polarizan, sin voluntad de un término medio que unifique direcciones de futuro.

De ahí que González crea que Europa se debe construir reconfigurando el discurso bipolar de las ideologías del siglo pasado, y buscando espacios de entendimiento, donde el centro del discurso se sitúe en el fortalecimiento del proyecto garantista socialdemócrata. Esto solo se puede conseguir si en Europa las fuerzas tradicionales de centro, PP y PSOE, se comprometen a aliarse contra los enemigos que intentan catalizar los miedos de la ciudadanía, convenciéndoles de que seguir en Europa no merece la pena.

Esta tesis es en realidad una versión modernizada de la Europa de entre guerras, en la que la debilidad y soberbia entre los diferentes frentes ideológicos les cegó ante los nuevos males emergentes, reaccionando tarde y ya por necesidad. González cree que la memoria del pasado nos permite ser previsores, e ir lentamente, pero con determinación, dando pasos hacia una cohesión que en tiempos futuros quizá necesitemos para no dolernos de males mayores.

Pero volvamos a la pregunta inicial, ¿cómo explicar esto a la ciudadanía? Y aún más, ¿cómo explicárselo al PSOE, pese a que su acerbo iniciático sea profundamente universalista?

España no tiene en el horizonte ningún partido anti europeísta de moral y discurso difusos; su lectura de la realidad se centra a lo sumo en tomar pulso al bipartidismo bajo experimentos que nos acerquen a una democracia más diversa y participativa. A esto se suma el hecho de que el sueño de una Europa unida es para el español medio un imponderable, y hoy se siente como amenaza de recortes. Estamos sumidos en una democracia adolescente, que reniega del padre y busca hacer su futuro sin su permiso. Más aún cuando ese padre nos niega el pan que antes nos otorgaba como un bien eterno.

Pero más allá de nuestras fronteras, otra Europa ajena a la utopía universalista hace mella en la ciudadanía y busca salidas suicidas, sin discursos sólidos, con una narrativa que va más dirigida a activar las emociones de frustración y pesimismo que el sentido común. Nosotros, los españoles, no vemos este peligro en el horizonte, pero es una tesis cada vez más recurrente en el debate político internacional y con resultados inquietantes en los comicios nacionales de algunos países europeos. Frente a la débil, pero legítima, Europa garantista se perfila en el horizonte el resurgir de los discursos nacionalistas -algunos de inquietante eticidad- como terapia a los males cotidianos.

González propone en el fondo edificar una política universalista, que expanda el consenso más allá de las fronteras nacionales, a fin de hacerse fuerte frente a futuros enemigos, internos (los que provienen de políticas radicales con cada vez más crédito popular) y externos (las economías emergentes asiáticas). Pero, ¿cómo hacer esto sin una cultura democrática que rompa con los moldes tradicionales que imposibilitan, a través de ideología impermeables, un consenso sostenible? Más Europa, menos nación es un lema que, sin embargo, exige a la clase política una mayor humildad y voluntad de acuerdo en lo referente a derechos esenciales, desideologizar la acción política en pro de objetivos superiores ya definidos en nuestras cartas magnas. En definitiva, un reto titánico, un perro al que ningún gato desea poner el cascabel.

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