El espejismo digital

wasap

Leo en la prensa que la belga que fue descubierta durante los Mundiales de fútbol por una famosa marca de cosméticos ha sido despedida a causa de unas comprometidas fotos en las que se la ve junto al cadáver de una pieza de caza mayor. Su imagen hizo que la contrataran, su imagen hizo que anularan el contrato. En ambos casos, imagen, el dios de nuestro tiempo. La información es poder. La información mediada por una foto, un selfie, una instantánea al vuelo. Eres lo que aparentas. La apariencia es imagen, imagen instantánea, fugaz, humo que ilumina unos segundos a mayor gloria del circo mediático.

Cada vez arrecia más la costumbre de contemplar el mundo circundante a través de la cámara, la de un móvil, en vez de dirigir el ojo directamente al objeto, sin mediadores. La última anécdota que recuerdo la protagonizó un turista en los Sanfermines, haciéndose selfies frente a la torada.

Hace poco entré con mi hijo en la catedral de Notre-Dame y, viendo que todo el mundo hacía fotos, decidió no ser menos y emular la conducta. Le dejé mi cámara y se puso a hacer instantáneas a todo lo que veía, vidrieras, rosetones, gente que pasaba por allí, esculturas,… Apenas apartaba la mirada del objetivo. “Para, más despacio”, le dije. “Primero mira bien, sin cámara. Observa las cosas bonitas que hay a tu alrededor, y cuando veas una que te gusta mucho, disfrútala y solo después coges la cámara y le haces una foto, si quieres.” Así lo hizo, a medias, durante un rato. Pasado un tiempo seguían sus ojos pegados a la pantalla de la cámara. No había hecho apenas dos fotos y ya sentía la necesidad de verlas y volver a hacer otra foto a algo que no hay tenido tiempo de digerir, de apreciar, de sentir. A su alrededor, cientos de turistas hacían lo mismo, como zombies en una película de Romero.

No sé si tenéis también la misma sensación, pero cada vez es más difícil ir a un espectáculo, ya sea una película o un concierto, y no tener frente a ti una multitud de pantallas de móvil. En el cine es especialmente molesto, y no es costumbre solo de adolescentes; es habitual ver a adultos talludos usar sus móviles durante la proyección, incluso atender una llamada sin disimulo. Ayer fui a un concierto de Mariza; frente a mí un espectador de unos 50 años blandía su móvil cada dos por tres para dejar constancia de la experiencia. No me quedaba más remedio que ver la imagen de Mariza duplicada, en carne y hueso y también digitalizada a través del simulacro de la cámara.

La imagen ya no es solo un complemento a través del cual amplificamos en el tiempo experiencias pasadas. La misma imagen sustituye a la realidad vivida en directo. Se vive a través de la pantalla. Se contempla el mundo a través de su espejo. La atención se concentra en el dispositivo, obviando el resto de estímulos. El espectador está allí, en el concierto, sabe que Mariza está cantando, que es protagonista de ese instante. Pero el tiempo destinado a escuchar directamente a la artista, de apreciar su música, de disfrutar de las sensaciones circundantes (la brisa de la noche, la luminotecnia, los gestos, el timbre de voz, la belleza inefable de las guitarras,…) se reduce significativamente. Primero, porque la pantalla limita el campo de visión. Segundo, porque estamos pendientes de encender la cámara, apagarla, enfocar, ampliar o reducir, darle a On, darle a Off,… El ojo se limita a seguir la dictadura de la pantalla, mientras la realidad enmudece. Y en el camino se pierden detalles imponderables, que se escapan a la cámara. O los vives directamente, sin mediadores tecnológicos, o no los vives. La cámara crea la engañosa sensación de poder detener el tiempo, de poder revivir el instante cada vez que ves la imagen grabada. Pero no es la experiencia que viviste lo que permanece más allá de la toma; es su fantasma. Si no viviste ese instante, si no sentiste, la imagen no puede hacernos recuperar la memoria de aquello que no experimentamos. El efecto perverso de esta costumbre social es que se basa en un espejismo, en una falsa sensación de realidad.

Antes de la irrupción de la imagen digitalizada, la fotografía era una crónica en diferido de las experiencias vividas. La limitación de no poder ver las instantáneas hasta ser reveladas determinaba la naturaleza y posibilidades de la experiencia. Hoy, esa limitación no existe; podemos no solo ver las imágenes después de ser tomadas, sino también en el momento en el que son creadas. Esa posibilidad permite convertir el mismo hecho de hacer fotos o vídeos en un sustituto de la experiencia física de observar, de contemplar. La cámara se interpone entre el ojo y la realidad, teledirigiendo la experiencia estética y determinándola. Para el espectador contemporáneo es más importante la grabación online que el visionado posterior. Quizá en la adolescencia la necesidad de integración en el grupo de iguales sea detonante de esta conducta, pero ¿qué la origina en los adultos? ¿Se puede interpretar como una regresión emocional? ¿Una conducta adictiva? ¿Una mera adaptación a las costumbres sociales? Más allá de un inefable análisis de las causas, los hechos son más contundentes, nos dan pistas sobre los condicionantes, las limitaciones y las virtualidades de este modelo de percepción de la realidad.

Al igual que sabemos a través de la ciencia aplicada de la neuroeducación que la lectura de hipertextos digitales dispersa la atención y no es eficaz en la lectura de textos largos, que exijan ser rumiados de manera pausada y reflexiva, la experiencia estética de una realidad en vivo, cuando está mediada por una cámara, nos hace perder la capacidad de experimentar el evento de forma global y con todos los sentidos. Inevitablemente, una grabación de un concierto disminuye nuestra atención auditiva y concentra los estímulos visuales al espacio del encuadre. La experiencia de grabar fagocita en buena parte las posibilidades que ofrecería una contemplación directa del evento. Y si en vez de un evento, nos situamos en el contexto de una conversación, a estas limitaciones debemos añadir el déficit emocional que provoca la dispersión y el ruido cuando atendemos a nuestro móvil. De hecho, mandar mensajes a través de móvil evita enfrentarnos directamente a nuestras emociones, creando un velo ficticio y autocomplaciente, un espejismo que simula tener una relación real. Puede que sean de gran ayuda a la hora de agilizar trámites en un contexto laboral, pero cuando intentamos aplicarlas a las relaciones interpersonales con familiares y amigos, los efectos perversos se multiplican. Por poner un ejemplo, Whatsapp ha modificado buena parte de las relaciones afectivas. Felicitar el cumpleaños de un amigo íntimo a través de las redes sociales o sustituir una conversación compleja que requiere verse cara a cara por mensajes de texto son ya prácticas comunes. El mensaje digital opera de mediador emocional, obviando la relación física.

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2 Comments

  1. Te había perdido la pista desde tu artículo Noé. No sabía que habías cambiado de alojamiento. Te he localizado por tu publicación en Facebook. Siento haberme perdido este tiempo de publicaciones. En cuanto al tema de hoy que es fascinante no sé si puedo aportar algo. Ayer estuve en la Sagrada Familia de Barcelona y llevaba mi cámara digital. Quería hacer fotos del interior y también del exterior. Así que yo era uno de esos que señalas en tu post, aquellos que sustituyen aunque parcialmente la contemplación de la realidad por un sucedáneo encuadrado por un objetivo de una cámara. Dividí mi tiempo en dos partes. Una parte en que contemplaba la arquitectura, las columnas, las vidrieras, el altar… y otra que deseaba intensamente fotografiarlo buscando encuadres insólitos. Mi mente de fotógrafo aficionado me lleva a idear puntos de vista diferentes de la realidad que contemplo. Es una forma de reconstuir la experiencia estética, de suplantar la totalidad inabarcable por una selección que pasa a ser mía. Hacer fotos es un ejercicio de apropiarse en parte del objeto estético, de modelarlo a tu conveniencia, es una forma de hacerte el autor de eso. La Sagrada Familia que ayer fotografié me llena de orgullo pues encontré un verdadero tesoro en mi contemplación y fijación en una imagen que a nadie se le había ocurrido en medio de un millón y medio de turistas y la basílica en su exterior flanqueada por feas grúas y las torres en su cúspide rodeadas de material protector para su restauración. Esta es la explicación de por qué yo hago fotos. No sé si es la misma por que miles y miles de turistas las hacían también. Creo que es un intento de apropiarse de la experiencia y la realidad que hay alli delante. ¿Es pura estupidez? ¿Es pura banalidad? No sé pero es una actitud transversal que afecta a individuos de todas las culturas, naciones e independiente de su nivel cultural o académico. Las cámaras o los móviles hoy día son una prolongación de nuestro cuerpo que se ha extendido como si hubiera generado un órgano más. Es la fusión de cuerpo y máquina que será el futuro. Ya no vemos solamente por nuestros ojos sino que nuestra visión se ha complejizado al incluir un nuevo elemento que realiza múltiples funciones. Ve, retiene, convierte, transforma, reproduce, simula, sustituye, crea y origina una nueva realidad que no existía más que como experiencia ajena. ¿Qué significa todo esto? No sé. O los seres humanos nos estamos convirtiendo en severamente tontos -que es posible y más que posible, lo siguiente- o estamos mutando en dirección a la fusión de hombre/máquina.

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