Contemplación

la lentitud

Disfruto, siempre que mente y cuerpo tengan a bien confabularse a mi favor, de una costumbre trivial pero que me proporciona un goce inefable: convertir un paseo obligado, el tránsito de una tarea a otra en plena calle, en una contemplación silente, en una meditación sin palabras. Dejo puesto el piloto automático, mi Gps interior calcula la ruta, mientras yo, ausente, entregado al instante, contemplo. No veo, no miro, contemplo, convierto mi percepción en una especie de alimento espiritual. Las imágenes no van directamente a mi memoria, no se procesan; se mantienen en un limbo desde donde puedo acariciarlas, como si fueran texturas de un lienzo invisible.

Bajo este estado contemplativo, el mundo más allá de mí se revela como una ampliación de mi propia persona, como un texto que me habla desde dentro a través de detalles que despuntan sin sobresaltarme, como si todo lo existente fuera conciliable, como si la vida más allá de mi piel fuera parte de mí, no un complemento, no un aditivo, parte de mí. Nada puede turbarte en esas circunstancias. El juicio y la memoria se suspenden; tan solo habito un presente sostenido. Se asemeja a la sensación que experimento cuando mantengo mi cuerpo sumergido bajo el agua, pero sin la presión de tener que dosificar el aire.

Contemplo a un trabajador vaciando su camión. A un niño mirando un escaparate. A una anciana sentada en un banco. Los coches que pasan. El descorchado de un árbol. Una bolsa de plástico batida por el viento. La mirada furtiva de un paseante. Una conversación a mi izquierda. Alguien abre su ventana y orea una colcha. Imágenes prosaicas que bajo otro estado no merecerían mi atención o las asimilaría como parte de un escenario cotidiano, ahí, en ese preciso momento, sin arbitrio de mi voluntad, se convierten en proteína imponderable.

Y todo se mueve más despacio. Mis pies caminan al ritmo de cada contemplación. Cada imagen amplifica su potencial denotativo, a veces revelado en el conjunto de una escena, otras a través un rasgo que sobresale, no a causa de una relevancia perceptible a primera vista, sino por mero azar, motivado por una indeterminación que mi estado emocional discrimina sin pedirme permiso. Aparece ante mí y me entrego sin resistencia. Cuando tengo la suerte de ser agraciado con este regalo, no lo rechazo. Lo saboreo sin ponderar sus ventajas, sin analizar su naturaleza. Soy su fiel cautivo.

Tal como viene se va. Y vuelvo a mis contingencias, como quien es devuelto al mundo después de ser hipnotizado.

Quien lo probó lo sabe.

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2 Comments

  1. Una situación vivencial de fusión con el entorno. El sujeto y el objeto se funden en una unidad anímica y espiritual. Son estados de conciencia de los que merecería hablar más a menudo. No es frecuente hacerlo. Todos experimentamos estados de conciencia singulares, pero no solemos hablar de ello. El mundo se hace unidad con el paseante que es eso -paseante- y camino y cielo y sombra y bolsa de plástico. Es un estado que requiere de una cierta magia, de una cierta actitud anímica supongo. Lo bueno es que todos -creo- apreciamos estas experiencias suprasensoriales sea en el mundo de los sueños -fuente inagotable de ellas- y en el espacio de la realidad de la vigilia donde a veces se producen fenómenos que saboreamos como el que tú describes con exactitud. Como bien has deducido, es una experiencia de la vivencia del presente. No hay nada más que decir. Cualquier cosa añadamos será superflua e inexacta. Lo prodigioso no necesita palabras para expresarse y si se hace, pierde su misterio. Lo tenemos aquí delante.

    1. Cierto, Jose Luis, inefable. Casi que es una osadía intentar describir estos estados. Quizá lo hacemos para testimoniarlos, o para prolongar el efecto efímero que dejaron en nosotros. Buen día, compañero de letras.

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