Tragedia en cuatro actos

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I

Soy accionista de numerosas empresas. De esta en concreto empiezo a tener serias dudas. Estoy pensando seriamente si merece mi confianza. Estarán conmigo en que un accionista debe velar por sus intereses. Si prevé que su capital está en peligro, la lógica impone una retirada a tiempo. Habrá que estar alerta. Tengo un conocido, directivo de esta empresa, que me tiene al tanto de sus movimientos, pero no me fío de su animosa confianza cada vez que me aconseja mantener mi dinero.

II

Soy directivo de una empresa que empezó de cero y hoy puede decir orgullosa que es un sólido competidor dentro de su sector, con cientos de miles de accionistas repartidos por todo el mundo. La crisis nos ha afectado como a todo hijo de vecino, pero como dijo no sé quién, para el audaz las dificultades son una oportunidad. Por eso no nos ha temblado la mano a la hora de poner en marcha un conjunto de acciones a fin de economizar gastos y evitar la huida de capital accionarial. Nuestros jefes de zona están al tanto de lo que deben hacer. Ajustar materiales y despedir empleados es necesario para nuestra supervivencia. A nadie le duele más que a mí tener que adoptar estas medidas.

III

Soy jefe de zona de una gran empresa. Ganaba y sigo ganando un sueldo considerable, pero claro está, se exige de mí que la empresa obtenga cada año mayores beneficios de lo que ganó el año anterior. Y ese no es un trabajo fácil. Desde hace unos años no solo debo hacer magia para equilibrar el presupuesto, sino que he tenido que empezar a despedir a un buen puñado de empleados, cada cual con su drama familiar a cuestas. No es un trago agradable, pero desde arriba me presionan de tal forma que el margen de acción se estrecha y me es imposible no adoptar estas medidas. El sueldo no compensa el estrés que genera tener que despedir a tus propios compañeros.

IV

Soy empleada en una importante empresa, en la que llevaba hasta ayer siete años representando labores de administración. Digo hasta ayer porque como podéis intuir, me han despedido. Mi jefe me llamó a su despacho y visiblemente afectado me dijo que sentía tener que ser él quien tuviera que decírmelo, pero que la situación era insostenible y que desde arriba exigían ajustar plantilla. He sido durante todos estos años una trabajadora eficaz más allá incluso de lo exigido. No solo siento un miedo atroz al paro. ¡Quién a mi edad puede volver a tener esperanzas de encontrar otro empleo! Lo que más me indigna es que me lo digan así, como si fuera un objeto que pueda ser desechado sin más. Y mis hijitas, ¡qué será de mis pobres hijitas! ¡Dios mío!

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2 Comments

  1. Tu texto en cuatro actos me recuerda esa magnífica película que es Un in the air en que Georges Clooney tiene que idear un discurso para despedir a los empleados de determinadas empresas. Veo desde la distancia de un privilegiado sitial estatal la angustia y la zozobra de sentir que tu puesto depende de las políticas de empresa, que no vales nada, que eres material fungible, lleves lo que lleves trabajando dejándote el alma allí. El capitalismos ha roto totalmente la relación de confianza entre empresa y empleado. No sé si los japoneses esto lo llevan de una forma más civilizada pues he oído que los trabajadores se identifican emocionalmente con su empresa a la que defienden por encima de cualquier otra cosa, salvo la familia, siendo aquella una forma de familia amplia. A mí no me van a despedir, así que no siento esa angustia en mi piel, pero, poniéndose en su lugar, qué horror, que espanto quedarse a los cincuenta años en paro sin remisión y con una familia a tu cargo. Todo se basa, efectivamente, en la reducción de costes, pero el consumidor, nosotros como consumidores, todos estamos por el low cost en la ropa, en los viajes, en los servicios, en los seguros… ¿No somos nosotros también responsables de lo que expresas?

    1. Mi tragedia en cuatro actos está basada en hechos reales que amigos y conocidos cuentan a diario, tanto en el rol de trabajador como de jefes o responsables dentro de grandes empresas. El capitalismo postindustrial, esclavo del orden financiero, genera efectos perversos, “daños colaterales” que afectan vidas reales. Las empresas que se deben a su accionariado están más atadas a los beneficios que aquellas que solo dependen de su fuerza de trabajo y la financiación bancaria. Un accionista descontento, una previsión negativa de expectativas en el sistema financiero, destruye empleo y, por lógica, origina dramas humanos. Como en la guerra, la economía se activa por control remoto. El que aprieta el botón ni siquiera tiene porqué saber qué provoca su acción, pese a que lo intuya. Asesinar a distancia mitiga el remordimiento y contenta el alma. Un sistema profundamente perverso, basado en la indeterminación de decisiones tomadas a partir de expectativas, previsiones sin un mínimo de seguridad, que generan miedo y que acaban afectando de manera directa a los más vulnerables.

      Respecto a lo que apuntas sobre Japón, pese a que el capitalismo y cultura europeas han afectado a sus costumbres y mapa del mundo, sigue existiendo una lealtad atávica al orden social. El japonés sirve a la colectividad. No existe, de hecho, el concepto “yo” de Occidente. Sí un “nosotros” que engloba la acción individual, entendida como responsabilidad hacia lo otros. Es fácil que una moral así acabe poniéndoselo fácil al orden económico capitalista.

      Un abrazo, Jose Luis, y gracias. Un placer leerte.

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