Pedro

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Si yo fuera madre y deseara novio para mi hija, Pedro pasaría el nihil obstat con holgura. Y si yo fuera publicista, aprobaría su percha, camisa blanca y sonrisa profidén, sin pedir más referencias. Pero no soy ni madre ni publicista. Soy ciudadano. Miro el refajo a la falda que deslumbra (sobre todo a esa) y tengo a bien testar el cochino antes de hacer matanza. Me fío menos del modoso de buen porte que de la incontinencia del deslenguado. El mentón erguido, la mandíbula portentosa, los ojos a medio abrir quizá luzcan divino en libretas de colegiala o merchandising de congresos, pero bajo el foco del respetable devienen en cirugía estética, humo blanco que destiñe la razón. Ya, ya sé, al ingenuo y al despistado, al que espera cargo o asiento donde reposar sus contingencias, o al que está abierto a seducciones sin someter el canto de sirenas a refutación alguna, cuanto más guapo mejor, y si encima sabe hablar, aparque usted sus dudas, entréguese sin resistencia. Poco importa el argumento del señor obispo cuando Dios habla por su boca y el demonio belleza le procura. Pero ya ven que a estas alturas no estamos para perlocutivas, y al regalo hay que verle la etiqueta, no sea que venga con bomba o endulzados por el agasajo, debilitemos las defensas. Hablando claro: Pedro destila feromonas que al votante en celo quizá enloquezcan, pero para éste que aquí puntea teclas su verbo y su estilismo se dibujan como vana mercadotecnia. El atrezo, para ser verosímil, debe contener un punctum de tacha, una pizca de errática insolvencia. De lo contrario, el guión, a ojos del bregado espectador, es incapaz de sostener su órdago, por mucho que intentemos mantener por fe un impasse de incredulidad.

Si yo fuera sastre, cosería telas para Pedro, camisas blanco nuclear y corbatas rojo socialista. Y si fuera su jefe de comunicación, trenzaría inteligentes circunloquios para marear al contumaz adversario, falacias que disimulen el forúnculo programático, y abonaría de fértil retórica el comunicado diario. Pero claro está que ni soy sastre ni jefe de nada. Aunque soy ciudadano. Y el azar, Dios o vete a saber que cínica deidad tuvo a bien o quizá a mal, quién sabe, dotar a ratos esta materia de inteligencia, o lo que otros llaman sentido común. Y un olfato que rastrea la impostura y el oropel, que desconfía del peinado simétrico y el afeitado de telediario. Como El Nano, prefiero palpar a pisar, prefiero el prado agreste al césped de campus. Y desconfío, ¡no saben cuánto!, de los candidatos que emulan la pose de un chico de calendario, la escenografía Yes, we can! y el márquetin progre, de grafía estilosa y eslogan prediseñado en una sala de juntas. No me creo la letra sin renglones torcidos, sin el trémulo palpitar de la mano que la teje. Me gusta el perro que ladra y la mente que duda.  Aplicaría a la política el adagio de Tolstói: todas las familias felices se parecen entre sí.

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2 Comments

  1. Pedro Sánchez es endeble, al menos desde mi punto de vista. Todavía no ha dado medida de su carácter y su formación. El socialismo se hunde cada vez más en las arenas movedizas de la política sin buenos líderes de talla. Tú lo has presentado bien. Un chico guapo, buen partido, simpatico, y bla bla bla. Pero nada con sustancia. Me gustaría equivocarme pero es lo que veo desde fuera. No sé si le falta una tacha. Puede ser, algo que lo haga más que un robot de diseño. En fin. No le veo mucho recorrido.

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