Fuera de plano

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Sí, ese niño con jersey aterciopelado, pantalones beige de campana, con las manos enfundadas en los bolsillos, melena años 70, ese mismo soy yo (o era). Ese que mira fuera de plano vete a saber qué. La foto grupal colectiva acostumbrada ayer y hoy en las fiestas de guardar. Hecha a trasmano, cuando era posible reunir a todos los presentes, aunque fuera en medio de la calle y cada cual ausente en sus cosas. La comunión de mi primo, eso ilustra la foto. El protagonista es el niño del centro, ese que mira al fotógrafo como queriendo eliminarlo de la faz de la tierra. Algunos ya no están, otros intuyo quiénes son y hay un puñado de los que desconozco el nombre.

Mi abuelo, jefe de esta cuadrilla de nietos, era un hombre rudo y entrañable, como un personaje de John Ford. En su cara se intuían los surcos de una biografía difícil. Llegó a ser capataz en uno de los Altos Hornos de Bizkaia. Disfrutaba escuchando sus tenebrosas historias sobre hombres que cayeron al hierro fundido y nada quedó de ellos, excepto la memoria que dejaron. Euskadi se forjó gracias al lomo de cientos de miles de inmigrantes, llegados principalmente de Andalucía, Extremadura y Galicia; familias en busca de un futuro que el campo les negaba. Esta foto es en realidad una instantánea de inmigrantes, y los hijos que les acompañaron en aquella aventura, para algunos solo de ida, para otros, como mi familia, también de regreso a su tierra, antes de que fuera tarde y se te pasaran las ganas de volver. En mi caso, regresé a Badajoz en esa edad que marca un límite de tolerancia al desarraigo, el mejor momento quizá para rehacer el álbum de afectos. Aún así, pese a ser ya a estas alturas más pacense que otra cosa, miro aquellos tiempos de infancia con acrítica complacencia, como una gracia a la que uno se aferra, aunque hace mucho que le fuera arrebatada. Lo noto con especial intensidad los días de lluvia; mientras otros despotrican contra lo que creen un mal tiempo, a mis ojos se revela como una luminosa epifanía.

Me veo reflejado con nitidez en ese niño ausente, pendiente de aquello que a nadie interesa, el niño fuera de plano, imaginando -como soñaba Pessoa- paisajes inexistentes.

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1 Comment

  1. ¡Cómo te gusta literaturizarte! Hacerte un compañero de Pessoa, un émulo de su mirada. Seguramente si yo tuviera una foto de este tiempo tendería a lo mismo pero no me llevaría a Pessoa. No. Mi infancia fue de coliflor tras coliflor. Nada reseñable. Ninguna mirada perdida en el infinito apuntando a ese hombre exquisito que algún día llegaría a no ser. Si acaso pensaría en El capitán Trueno que era el que me ocupaba en mis momentos de no dolor. La infancia es ese territorio inabarcable en que ya éramos y lo que ha pasado después es solo una torpe extensión como apéndice. Tal vez. O no.

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