La ingeniería del miedo

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Titular leído en el diario Huffington Post digital

Toda ingeniería del miedo lleva aparejada una administración inteligente de los niveles de esperanza. Solo hay que ir dosificando por entregas la decepción, resquebrajar posiciones lentamente, a fin de que el sujeto se auto convenza de que está en otro estadio de realidad al que debe someterse sin remisión ni posible resistencia. Es lo que hay, decimos. ¡A ve’, Dios lo ha querido así!, se decía hasta hace poco en Extremadura. Primero será una reducción de sueldo, vendrá después un aumento de la carga de trabajo, un desgaste de las prestaciones sanitarias (que deberás pagar si quieres ser atendido), y así sucesivamente, hasta que cuerpo y alma se acostumbren y crean que están ante el único escenario posible de existencia. Es una estrategia que funciona, no lo duden. No es la primera vez que se hace. La ingeniería psicosocial aplicada a la acción política tiene una extensa e inquietante tradición a sus espaldas. Sometidos a esta dieta de esperanza, te llegas a plantear como único horizonte de futuro la tenue luz de una exigua recuperación; cualquier amago de mejora lo recibes como un milagro venturoso. Pasas de la indignación a una dócil espera. A esto se añade que el resto de mortales que te rodean están en una situación similar, por lo que acabas aceptando este estado de cosas como ley natural. Te instalas en el lugar del mundo que te ha sido asignado.

Estos mecanismos de compensación de expectativas son utilizados con especial maestría y eficacia en clases sociales medias, acostumbradas a un confort que ciudadanos de crisis económicas de siglos pasados no disfrutaban. Para aquellos ciudadanos la mejora era pasar de cero a uno, sin estadios intermedios. Cualquier cambio, por muy leve que fuera, se recibía como una gracia, ya que se partía de una situación socioeconómica muy deficiente. Sin embargo, la clase media actual posee aún niveles de bienestar con los que administrar su esperanza, se adapta con mayor acomodo a los recortes dosificados que le aplica el ejecutivo. ¿Por qué? Porque a pesar de ver menguados sus derechos, aún tiene a su favor etapas de deterioro por recorrer. Un mecanismo similar sucede cuando tenemos que asumir una enfermedad. Si tienes un cáncer en un estadio leve de desarrollo, tu esperanza de poder menguar a tiempo sus efectos y consecuencias te aporta mayor esperanza de curación. Pero en el caso que nos ocupa, este mecanismo tiene un efecto perverso: desactiva las defensas a través de una esperanza ilusoria, alimentada por voces interiores que nos susurran ‘todavía no estoy mal del todo’, ‘otros están peor’, ‘Dios proveerá’.

A esto se suma otra cuestión: la vergüenza. La clase media venida a menos protege su dignidad a través de la ocultación pública de su precariedad; reconocer la pobreza es vergonzante, te sitúa directamente en un peldaño en el que no te reconoces, más aún si tu entorno continua con el mismo tren de vida. Niegas ante ti y los otros una realidad que te obliga a reajustar tus prioridades. La vergüenza es otro mecanismo que desactiva la indignación y activa la culpa; en vez de exigir a otros la restitución de la justicia social, el afectado se siente responsable de su situación, se culpa por haber fallado a los suyos. Esto es aprovechado con inteligencia por los gobernantes, quienes se encargan de modular fríamente las dosis de bienestar dentro de unos niveles sostenibles que mantengan a los sujetos calmados o dentro de un grado de indignación aceptable, que aseguren el orden social y la seguridad del sistema institucional. ‘Date con un canto en los dientes, todavía podría ser peor’, ‘no cambiemos de gobierno, no sea que empeoremos’, ‘virgencita, que me quede como estoy’. La rabia, la indignación se interiorizan, manteniéndose latentes y sublimándose a través de mecanismos placebo como el humor o el debate entre iguales. Pese a saberse víctima de una situación inaceptable, el ciudadano interioriza su estado, dando por hecho que poco puede hacer para mejorar lo presente, ni siquiera a través de un cambio de afectos electorales. El viraje en el voto tiene más de gesto emocional, de desahogo temporal, que de una esperanza plausible, lo que reproduce y aumenta su sensación de orfandad política. Incluso aquel que ata su conciencia a una ideología, sin arbitrio de la razón, lo hace a modo de impulso emocional, como una especie de religión secularizada a la que entrega acríticamente sus deseos.

Por esta razón, aquellos ciudadanos que se rebelan contra lo dado a través del sano ejercicio de su libertad de expresión son héroes cotidianos, excepciones que debieran ser protegidas y emuladas por el resto. La conciencia social, la resiliencia activa, lo que hoy se llama ‘empoderamiento popular’, pese a su aparente inocencia y escasa influencia, será la proteína que fortalezca nuestra futura democracia. No podemos renunciar a la esperanza.

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