Candidatos de reemplazo

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Guste o no al PSOE, Susana Díaz es una inquietante opción para liderar la candidatura del partido en las próximas generales.

En primer lugar, porque debilita el liderazgo de Pedro Sánchez y potencia el reconocimiento de que la candidatura de éste carece de fortaleza (opinión que ya a estas alturas es vox populi). De tanto deshojar margaritas, el PSOE ofrece una imagen de inestabilidad y cortoplacismo. El recambio acelerado de líder no hace otra cosa que aumentar la sensación de que no saben qué hacer y que tienen mucho miedo a las encuestas. La falta de seguridad interna genera aún más descrédito de cara a los comicios. Las muestras por parte de ilustres socialistas de desprecio a Pedro Sánchez y su babeante affair político con Díaz subrayan la debilidad del partido y desvían la atención sobre lo importante: el programa, las ideas, las propuestas. 

En segundo lugar, porque subraya el carácter electoralista de la estrategia del PSOE, dando la impresión de improvisación y de mover su credo al ritmo de lo que mejora sus expectativas de éxito. El que antaño fuera un PSOE seguro de sí, anclado en programas y liderazgos sólidos, da paso a una ensalada de ocurrencias al son de lo que mandan las circunstancias. Este pragmatismo, con el chismorreo de salón que genera, debilita la imagen del PSOE y cava aún más su tumba electoral. El PSOE se ha embarcado en una estrategia mediocre, que busca colar -como ya lo hiciera con Sánchez, tras la debacle de Rubalcaba- candidatos de reemplazo, elegidos a trasmano, como respuesta a la crónica mensual de aciagas encuestas.

Y en tercer lugar, porque ningunea la voluntad del pueblo andaluz. Si Díaz tiene pensado presentarse a las andaluzas, las gana y se va para presentarse como candidata a las generales, con ello estaría despreciando la voluntad popular, la confianza depositada en ella. De hecho, no es extraño que muchos andaluces se replanteen su voto a la luz de estos giros políticos de última hora. No se debieran utilizar las instituciones como meros trampolines a mayor gloria de los intereses del partido; es mezquino, rompe el sagrado vínculo que liga a los ciudadanos con sus representantes. Un hecho como éste sería suficiente para que el electorado progresista retirara el voto a Díaz en las generales.

Por estas tres razones, Susana Díaz debería mantenerse tan solo como lo que es, digna aspirante a revalidar su presidencia de Andalucía. Si finalmente se entrega a las sirenas de Ferraz y aspira a Moncloa, es fácil que el electorado acabe interpretando este movimiento como lo que parece ser, un órdago desesperado en busca de aprecio electoral y un infame desprecio a la soberanía popular andaluza.

Solo cabe apencar con Pedro Sánchez hasta las últimas consecuencias, abriendo la legítima posibilidad de que cualquier otro militante quiera hacerle sombra como candidato. ‘Haberlos hailos’ (véase la sombra alargada de Chacón). Sin embargo, es evidente que cuantos más adversarios internos tenga Sánchez, más debilitará su liderazgo, más de lo que ya está por obvias razones.

No lo tiene fácil el PSOE. Haga lo que haga, ninguna estrategia parece conducir a fortalecer su imagen y animar a un electorado alérgico a entregarle su voto. El PSOE improvisa, y en su inseguridad aumenta la desconfianza del respetable. Por muy señora, señorona que Díaz sea, por muy madonna de armas tomar parezca, el conjunto desentona, la orquesta no toca al unísono, no sabemos ni siquiera el tema que interpretarán. Y esto a nueve meses de las nacionales. Un embarazo prematuro, un PSOE inmaduro.

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