La cultura del pacto

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El reciente cambio de devenir en Grecia está ventilando con maliciosa intención en algunos medios el pacto entre Syriza y la derecha nacionalista griega. Pero es de justicia aclarar que mientras nosotros nos llevamos las manos a la cabeza cuando un partido pacta con otro de ideología dispar, en el resto de Europa es comúnmente aceptado por la ciudadanía los pactos de estabilidad, siempre bajo un consenso en el que las dos partes ceden algo, sin por ello tener que traicionar convicciones o asuntos esenciales de su programa electoral. Es parte de la mecánica natural de la democracia, un difícil equilibrio que exige contar con los otros partidos para crear un gobierno sólido y un proyecto con un mínimo de apoyos parlamentarios.

En España no estamos acostumbrados a esta dinámica. Y no lo estamos a causa de una atávica tendencia a la pureza ideológica y a la demonización maniquea del adversario político. Interpretamos el pacto como traición u oscuro atajo del poder. No acabamos por entender la democracia como diálogo y necesario encuentro de ideas, cuyo objetivo debe ser, en lo posible, unir voluntades en torno a proyectos estables, con el máximo apoyo parlamentario. La ideologización excesiva del discurso político maniata a la democracia y genera corrosivos posos de poder. El pacto obliga a bajar humos, a tender puentes ideológicos y a procurar leyes estables, basadas en un consenso sostenible. Además, esta cultura del pacto impide que se use la ideología como bandera integrista para fidelizar el voto.

La irrupción de Podemos en el panorama político ha supuesto un aire fresco en este sentido. Desfocaliza el debate de las ideologías para centrarlo en los programas, en las propuestas, en los hechos. Asimismo, subraya el pacto como condición necesaria que asegure que las propuestas tienen apoyo de una amplia mayoría de ciudadanos, representados en la figura de diputados de diverso pelaje ideológico. El mismo hecho de que Podemos exista y de que aparezca en el panorama político como una fuerza que desestabiliza el bipartidismo, obliga a los partidos tradicionales a reformular su estrategia de fidelización, basada hasta ahora en su raza ideológica, en un paquete de convicciones apriorísticas que justifican cualquier decisión por sí solas.

PP y PSOE han defendido siempre el modelo bipartidista como garantía de estabilidad de gobierno. Los ejecutivos sin mayoría absoluta debilitan la acción ejecutiva y obligan a arriesgadas maniobras de ingeniería política. Esta es la versión estándar asumida con complacencia por nuestros padres fundadores. Este modelo se está viniendo abajo a causa del aumento de la diversidad política y el hecho de que se adivinen expectativas de éxito electoral en los nuevos partidos, haciendo sombra a formaciones cómodamente asentadas. El reparto de la tarta obliga sí o sí a hablar con el adversario, comerse la arrogancia y ceder. Bajo esta cultura de pacto se asegura que las decisiones son fruto del acuerdo entre el mayor número de voluntades soberanas.

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