Mendel el de los libros

(Recomiendo no leer este artículo si antes no has leído Mendel el de los libros. Contiene spoilers.)

Tengo reciente la lectura de Mendel el de los libros, un relato corto de Stefan Zweig. Algunos me envidiarán por el hecho de haberlo leído por primera vez. La primera vez es para algunos lectores un encuentro fundante, una iluminación gozosa; más que una pérdida de la inocencia, una radiante entrada en ella. Para otros, tan solo supone uno de muchos encuentros con un libro que en cada lectura descubre nuevos significados. El efecto que produce una primera lectura es diverso, incluso dispar, según el lector y las circunstancias que atraviesen su existencia. Hay a quien tras haber leído un libro por segunda, tercera vez, más veces incluso, le es revelado un misterio que en anteriores incursiones le fue denegado por razones imponderables. Por eso quizá la literatura viene a ser una especie de espiritualidad, que a diferencia de la religión no posee dogmas que cumplir. Cada cual es su propio sacerdote y planea libremente su ritual, se toma su tiempo, su espacio numinoso, disfruta no una, sino cientos de biblias profanas, cada una una con su propia endorfina.

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Páginas 34 y 35

He disfrutado Mendel el de los libros. Su aparente sencillez te cautiva sin apenas notarlo, transitas entregado, curioso, la vida de su protagonista, un ser a priori insignificante, sin nada que pueda aportarte otra enseñanza que huir de la gozosa esclavitud de la lectura y de un aislamiento autoimpuesto. Sucede algo similar cuando realizas una lectura pragmática, desasida de cualquier lirismo, del Quijote de Cervantes. Don Alonso de Quijano se revela bajo este prisma como un ser abducido, drogado por una lectura febril, insana. Me gusta bromear con mis alumnos, diciéndoles que no hay que leer el Quijote, a no ser que quieras acabar como él, loco y malparado. Mendel posee un perfil similar, pero su entregada afición por la lectura no le expulsa hacia el mundo exterior por decisión propia o consecuencia lógica de la exigencia moral de todo buen caballero andante. A no ser que el azar se hubiese colado en su gris existencia, quizá Mendel aún seguiría en el café Gluck, momificado en su concentrada pose genuflexiva. En Mendel el de los libros la realidad más lacerante, la guerra, trastorna la vida apacible de un ciudadano anodino; no hay dialéctica alguna entre realidad y ficción, como sí sucede en el Quijote, donde la lectura es un detonante que nos obliga a implicarnos en la transformación de lo real, y no a mantenernos pasivamente en la placentera contemplación de las palabras. El Quijote-lector es requerido por la ficción a convertirse él mismo en un personaje en su propia realidad. Mendel, por el contrario, vive dentro de sus libros, pero no bajo el perfil quijotesco de una efervescente imaginación, un lector irredento, seducido por su ensimismamiento, sino de un contable de las palabras, un bibliófago impenitente, una memoria andante, un registrador de nuestro patrimonio cultural, una biblioteca en sí mismo.

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Páginas 42 y 43

A Mendel no le interesa el mundo exterior; no lee periódicos, no se informa de los acontecimientos políticos que sangran Europa, ni siquiera se entera que hay una guerra. Su único contacto con su entorno es la correspondencia que mantiene con los editores que le remiten suscripciones. No sé si recuerdan la anécdota de Arquímedes, el famoso científico griego, padre de la hidrostática. Al parecer, cuando fue conquistada Siracusa, un soldado romano se lo encontró dibujando un diagrama matemático en la arena, ajeno a la contienda, abstraído en sus cálculos. Cuentan que llegó a decirle al soldado, antes de que éste le asestara un golpe mortal: “No desordenes mis diagramas”.

Lo único que consigue sacar a Mendel de su lisérgico estado es descubrir que los soldados que lo detienen le han separado de sus libros y han roto sus lentes, que son su cordón umbilical, su sustrato nutricional. Sin ellos está condenado a la extinción. Mendel vive de la memoria que le aportan los libros. Sin ellos es un cerebro lobotomizado. Zweig nos conduce a través de las tribulaciones de Mendel de la mano de un protagonista que hace las veces de detective improvisado en busca del rastro perdido de este librero de segunda mano. El relato es como el hilo de Penélope; lo que Mendel desteje con su aciago destino, el relato lo vuelve a teje para recuperar la memoria perdida de Mendel en nuestra propia memoria de lectores. Lo que en un principio parece ser la triste historia de un pobre hombre, presa de su propio aislamiento, deviene a medida que vamos leyendo en una metáfora potente en la que nosotros, lectores-testigos, pasamos a ser un personaje activo, con una misión aparentemente inocua e intrascendente: leer. Mantener viva la memoria de Mendel es en definitiva no claudicar como Humanidad al olvido; una misión que pese a aparentar solo una lectura existencial o lírica, contiene en sí misma un potencial político extraordinario. Los libros como almacén de nuestra memoria, pero también como espejo de nuestras miserias. Alguien, Mendel, nosotros, deben velar por mantener viva esa luz. Quien lee vuelve a tejer la Historia bajo un nuevo enfoque, descubre nuevas significaciones, alienta renovadas esperanzas.

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Página 57

El final de Mendel el de los libros quizá sea lo mejor del relato, el párrafo fundante que da sentido a la vida del protagonista y a la nuestra propia, pero no adquiere verdadera significación sin haber transitado las páginas que le preceden. Con el Quijote sucede algo similar. La aparente banalidad de la locura de don Alonso Quijano es trascendida por el propio lector a medida que va identificándose con el personaje, y su peregrina odisea adquiere un significado que supera la realidad que retrata. El personaje, que en un principio solo es un pobre hombre, se revela al final como hilo que liga su existencia con la nuestra, igual de contingente, igual de digna y luminosa.

(Las páginas responden a la cuidada edición de Cuadernos del Acantilado.)

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1 Comment

  1. Muestro unanimidad de criterio (en este sentido) con lo que dices, Ramón. La lectura de un libro nos sumerge en un mundo paralelo en el cual, el lector, es a la vez testigo y coprotagonista de los sucesos narrados casi tanto como los personajes que habitan en el mismo. Hace fluir de nuestro interior filias y fobias, que nos alejan, o por el contrario, nos hacen confluir con los personajes de ficción en una “realidad cuasi paralela” mientras dura la lectura.
    Sería deseable (lo digo yo, que pertenezco a una generación en trances de pasar página) que las personas se imbuyeran un poco más en la lectura para que, como alguien dijo, “se vuelva de nuevo a tejer la Historia bajo un nuevo prisma y se descubran nuevos significados que alienten renovadas esperanzas”… Pues sí, estoy en esto de acuerdo, Ramón. Un afectuoso saludo.

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