Lo de menos son las ideas

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No viene de ahora. La política en tiempos de elecciones se nutre no de ideas, sino de argumentarios e ideas-fuerza, y mucha brocha mediática. La política profesional está en manos de Mad Men. Ya no se construyen proyectos, sino estrategias; no hay ideas, sino eslóganes. El programa es lo último que teje un partido. Primero está el asunto de quién va a ocupar el sillón principal -eso que llamarán después liderazgo-, lo que exige hacer amigotes nuevos, que apoyen tu candidatura a cambio de… Después le toca el turno a la estrategia (no confundir con ideas o propuestas), que exige respetar los tiempos impuestos por el partido y la omertá debida a quien manda en palacio. Se desarrollan las ideas-fuerza que compondrán un argumentario de larga o escasa duración, según sean las circunstancias que rodeen la campaña. Los argumentarios pueden y deben ir cambiando, aunque tengan todos un aire de familia, una dirección que cree la sensación de seguridad y unidad entre el electorado. Estos argumentarios servirán más tarde (o no) para que un grupo reducido, contratado para la ocasión, escriba el programa político definitivo, ese que se subirá a la web en la que nadie entra. Este programa es necesario, pero solo como parte del decorado narrativo de la campaña, nunca como centro de mesa.

La clase política sabe que la mayor parte del electorado no lee los programas; a lo sumo se fija en los eslóganes y las declaraciones hiladas en los medios. Poco más. El ciudadano va a votar con sensaciones, no con una idea general de lo que propone cada partido, y mucho menos con un análisis comparativo de cada programa. Por esta razón y porque a la (anti)pedagogía política le conviene, una campaña se basa esencialmente en imagen y no en ideas. Las ideas son un elemento secundario, el complemento que acompaña al plato principal para adornarlo, la justificación teórica de una estrategia. Lo importante es tener un líder, una cara que sirva de icono mediático. Después vienen los argumentarios que marcarán las frases prefabricadas que subrayará el líder en sus apariciones, machacadas hasta la extenuación, hasta que otro argumentario nos lleve al segundo escalón del proceso. Poco importa si el programa no se publicara, a no ser por la prensa especializada, que aún exige saber (¡menos mal!) qué quiere hacer cada partido. La ciudadanía tenemos una cultura política ligada a la imagen del líder, escasamente preocupada por las ideas olas propuestas. Esta cultura política, basada en los viejos patrones de la legitimidad carismática, es utilizada por los políticos a la hora de diseñar sus campañas.

Por cierto, por mucho que el más fiel creyente en la originalidad organizativa de Podemos lo desmienta, mucho me temo que este partido sigue al pie de la letra la estructura de esta mecánica electoral. Empezando por su impúdico culto al líder mediático y pasando por la primacía de las emociones sobre las ideas. El llamado empoderamiento de la ciudadanía, sumado al recurso a la dialéctica de eres casta o estás con nosotros -no lo dudéis- son tan solo ideas-fuerza de su estrategia.

Como dije al inicio del primer párrafo, esta mecánica no viene de ayer. La crisis no ha mutado este enfoque, pero sí lo ha acelerado y descolocado. En lo referente a política nacional, Podemos ha obligado a que los partidos tradicionales cambien de argumentario en poco tiempo, a fin de que sus líderes no aparezcan ante los medios como títeres sin ideas ni rumbo. Pero les cuesta, especialmente al PSOE, quien en menos de un año ha cambiado de argumentario en varias ocasiones, incluso de forma contradictoria. A esto se suma que el líder debe reforzar su presencia en los medios; no basta vivir de las rentas de su marca registrada (© PSOE), ya que ésta está dañada por los errores de su reciente pasado. Se refuerza la presencia física del líder y se intenta dar primero una imagen amistosa y jovial -que deviene en reality grotesco-, para después cambiarla por el rol de hombre de Estado, responsable y resolutivo, que sabe tomar decisiones, aunque con ellas deba ir contra medio partido. Sánchez representa varios papeles dentro de una misma trama; lo mismo hace de showman que de heroico pistolero. Y no se hagan ilusiones; aún queda mucho para noviembre. Es posible aún asistir a varios capítulos más de este serial infinito, en el que Sánchez y como él un buen puñado más de personajes interpreten roles nuevos, al son de las exigencias de un guión cambiante, marcado por la crónica judicial y las puñaladas políticas.

La sensación que nos queda a la ciudadanía después de asistir a este infame espectáculo, plagado de histrionismo e inverosímiles efectos especiales, es una plomiza sensación de hartazgo, sumada a la impresión de que tras el humo que deja esta pirotecnia estamos condenados a no saber a qué atenernos, ni en quién confiar nuestro futuro. La sensatez ha dado paso en política a un sálvese quien pueda, donde la agenda la marca el miedo electoral y no el sentido común y un compromiso moral firme e insobornable. De ahí que la firmeza que Sánchez pretende interpretar suena a impostura; se ve el guión que teledirige la escena. Pero no solo le sucede a Sánchez. Toda nuestra política está a estas alturas tan contaminada de excesos y verborrea, que el respetable huye de este bombardeo, buscando en un sano escepticismo la esperanza que se le niega. Huérfanos estamos, pero más lúcidos. Espero.

Se equivocan quienes gozan, incautos, de la ilusión peregrina de una confianza sin crédito en Podemos. Como también sucede con quien entrega su alma racional a una ideología (que interpreta como fe verdadera), sin mediar la prudente mediación del entendimiento. La única virtud que nos podemos permitir como ciudadanos, aquella que puede dotarnos en un futuro de una serena sabiduría, es la cautela, el recelo vigilante, nunca la fe.

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2 Comments

  1. Considero que el votante se tiene que fiar del partido político que le presenta una lista de candidatos y es responsabilidad del partido político que esos candidatos respondan al espíritu de la ideología que sustenta al partido.

    Cuando este entramado está gravemente dañado, es responsabilidad del partido político su reparación. En caso que no lo sepa resolver, no está capacitado para la vida pública.

    Al elector se le pide el voto para que lo gobiernen y él se lo da a quien mejor le parece.

    1. Cierto. Basamos nuestro voto en la confianza, esa que en estos tiempos está quebrada. Gracias por pasarte por este blog. Te espero más veces.

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