50 sombras de Grey y cuatro siglos de literatura erótica

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La bella y la bestia, ilustración de Walter Crane

Aprovecho que aún está caliente el estreno cinematográfico de 50 sombras de Grey, adaptación del famoso libro de igual título, para hacer un breve recorrido por una tradición literaria que no viene de hoy. Pese a que ya en el siglo XVI empieza a abordarse el erotismo con cierta explicitud -Rabelais es un buen ejemplo-, se hace con intención moralizante, para advertir a los jóvenes incautos de los peligros de una libertina lubricidad. En realidad el término libertino aparece durante el siglo XVI (libertisme), utilizado por primera vez por Calvino para referirse a los disidentes anabaptistas, provenientes de un grupo protestante de la región de Flandes, considerados como enemigos comunes de los católicos y protestantes. Tiempo después el término será utilizado por los católicos, relacionando la libertad que mostraban los protestantes respecto a ciertos dogmas religiosos con una supuesta “depravación de las costumbres”.

Será un siglo después, en los Países Bajos, cuando comiencen a circular en la clandestinidad relatos eróticos. Dos ejemplos relevantes son L’école des filles de Michel Millot (siglo XVII), considerada “la primera obra verdaderamente escandalosa de la época de Luis XlV”, y Le portier des Chartreux de Jean-Charles Gervaise de la Touche (siglo XVIII). En la primera, dos primas comparten confesiones eróticas, la mayor aconseja a la pequeña si debe o no perder la virginidad. Lo relevante de esta obra es que defiende un concepto del amor reducido al mero placer carnal, sin apoyo de atajos morales o recurso a la justificación de las emociones. La más famosa del siglo XVIII es Le portier des Chartreux, obra de Jean Charles Gervaise de la Touche, abogado del Parlamento de París. Son libros prohibidos incluso hasta el siglo XX en algunos países. Sin embargo, en ninguno de estos textos se busca el placer a través del sufrimiento de otro o a partir del dolor propio. El placer es algo positivo, luminoso, hedonismo desprovisto de la culpa católica. No por ello se deja de recurrir a cierto mensaje ejemplarizante, pero no contiene tintes religiosos sino más bien preventivos, de aviso contra las consecuencias de ciertos excesos.

De la misma época de L’école des filles es el famoso Don Juan (llamado burlador o libertino), pero el perfil erótico este personaje se centra más en el arte de la seducción que en la descripción suculenta de sus prácticas sexuales.  Digamos que a Don Juan le interesan más el goce que pueden proporcionar los preliminares del cortejo y la búsqueda de un amor que una vez conseguido deja de tener sentido y disfrute.

Otra tradición realmente prolija es la de la ilustración erótica, iniciada en tierras francesas y prolongada hasta nuestros días. En sus inicios era profundamente anticlerical; retrataba a curas y monjas en poses obscenas o practicando sexo extremo. Eran ilustraciones que tenían más que una función lubricante una intencionalidad satírica, de imaginar a personajes políticos o religiosos como protagonistas de prácticas prohibidas. Algo similar a lo que sucede hoy con la imagen publicitarias de las grandes estrellas mediáticas.

Será el Marqués de Sade quien haría famosas las perversión sexuales, desprovistas de cualquier lectura política o religiosa. Con él se afirma el libertinaje en su expresión genuina: libertad sexual absoluta, sin represión (ni externa ni interna). Sin embargo, en la obra de Sade aún late una intencionalidad política, de contraposición entre dos mundos, el de las convenciones y el de la libertad individual. Véase el caso de Justine, con esos dos personajes que ejemplifican dos posturas morales contrapuestas. El uso de un anverso moral será muy utilizado por la literatura erótica, ya sea para subrayar la perversidad del libertino o la moraleja subyacente.

Pero quizá el concepto de dolor y sufrimiento que más influencia cultural haya tenido y sigue teniendo sobre nuestra forma de entender las emociones y la sexualidad es el amor romántico del siglo XIX. Amar es sufrir; si no, no es amor. El amante siente emociones no reprimidas, desfogadas, y en esas emociones expresa y reconoce estar amando; incluso no ser correspondido amplifica la intensidad del amor, lo justifica y dignifica con mayor fuerza. Esta concepción tiene su máxima expresión en la literatura inglesa del diecinueve, determinada a romper los corsés del puritanismo. Se intuye en esta literatura la necesidad de las mujeres victorianas -porque no lo duden, este movimiento es eminentemente femenino, y en ciento modo precursor de la posterior liberación sexual y política- de tomar las riendas de sus emociones y decisiones. Obra cumbre de este género es El amante de Lady Chatterley (1928), de D. H. Lawrence. Mujer de alta cuna y trabajador proletario, el rudo y sudoroso guardián del coto, desatan su ardor sexual más allá de las convenciones sociales. Una trama que vendría a ser todo un cliché narrativo en la literatura erótica posterior. Pero pese a las explícitas descripciones de sexo que contiene la obra, no hay en ella reflejo alguno de prácticas extremas donde el dolor sea protagonista. Más bien todo lo contrario. La mujer victoriana, si quiere gozar del sexo, parece que la forma más eficaz es tenerlo fuera del matrimonio. La paraplejía del marido de la protagonista viene a ser más metafórica que real. En El amante de Lady Chatterley se ve también el tema de las relaciones intersociales, que sirven de ejemplo para destacar la dialéctica entre naturaleza y cultura. La clase trabajadora, ajena a las convenciones represoras, sirve de enseñanza iniciática a la protagonista.

La obra más relevante del siglo XIX quizá sea La Venus de las pieles (1870), llevaba después al cine y el teatro (os recomiendo la versión cinematográfica de Polanski). Obra del austríaco Leopold von Sacher-Masoch, apellido del que derivaría el término masoquismo. Esta obra se basa en realidad en su propia biografía. Detrás de la protagonista femenina se esconde la escritora Fanny Pistor, con quien el autor tuvo una relación amo-esclava consentida (con contrato de sumisión por medio). Esta obra influiría bastante en la iconografía posterior del género BDSM: apodos del sumiso, vestimenta, contrato previo,…

La literatura del siglo XX despojaría al erotismo de frontera de su crítica social para centrarse en la contemplación gozosa del mero disfrute a través de la crónica de sus aventuras (Henry Miller) o en la introspección psicológica de sus protagonistas en búsqueda de su identidad y sus límites (Anaïs Nin). Psicologismo hedonista y espectáculo autocontemplativo serían las señas de identidad del devenir del género, reforzadas por la irrupción del audiovisual, primero el cine y después internet. Y de ahí a 50 sombras de Grey hay un breve paso.

Pero qué hay en 50 sombras de Grey que beba de las fuentes de esta tradición. Poco o casi nada. El libro se asemeja a lo sumo a la literatura para señoras victorianas que tenían tanto éxito en el siglo XIX, y que las sacaban durante unas horas de su distópica realidad a través de una fantasía literaria, venial y escasamente terapéutica, un divertimento de bajo voltaje. Toma nota, por supuesto, de la iconografía y el armario ropero del universo BDSM, pero como mero decorado que aderece de picante un producto blanco, sin la oscuridad y la perversidad moral que sí tenían las grandes obras libertinas del XVIII y XIX.

La Ana Stelle del libro de E. L. James es un mediocre refrito entre la Constanza de El amante de Lady Chatterley y la Vivian de Pretty Woman, donde las oscuras costumbres de Christian Grey (curiosa similitud fonética con el Dorian Gray de Wilde) le acercan más a la Bestia de Beaumont que a Sade. En una primera parte, Ana es conducida sin resistencia a las seductoras fauces de esta bella Bestia, embutida en Armani y forrada de dinero (virtudes comunes en el cine de palomitas). El macho hace de maestro de ceremonias, fuente iniciática para la virginal protagonista. Pero será en su segundo acto cuando la trama descubre sus verdaderas cartas, convirtiéndose en un romántico refrito de otros referentes más decentes. De una aventura inocente hacia la frontera de nuestro lado oscuro pasamos a la vieja tesis de la mujer como rescatadora del varón autodestructivo a través del amor verdadero. Una versión light de La bella y la bestia. Nada nuevo bajo el sol. Los roles de género se repiten. La fuente originaria del amor es representada por una mujer y la perversidad y la violencia sexuales son patrimonio del varón. Él conquista, ella rescata. Ella se vuelve más picantona y él descubre el amor verdadero. Y todos, espectadoras y cartelera, contentos. El eje del discurso no es reflexionar sobre la fuente de nuestro deseo, ni siquiera sentir la inquietante presencia de nuestro lado oscuro. La parafernalia sadomaso es solo un atrezo que opera a modo de anzuelo publicitario. No en vano las espectadoras salen del cine convencidas haber asistido a una historia de amor.

Pero el modelo de amor que vende 50 sombras de Grey no se sale de las lindes del manoseado amor romántico contemporáneo, con sus mitos y ritos recurrentes. Tu media naranja existe, para amar hay que sufrir, ella puede cambiarlo, él puede cambiar,… Quienes critican 50 sombras de Grey como un subproducto que reproduce estereotipos de género no se equivocan, pero sí lo hacen cuando pretenden prohibir su exhibición. Nuestra arma más eficaz para luchar contra los estereotipos es la educación, dialogar y compartir perspectivas, leer y reflexionar, tomar decisiones. Quienes nos dedicamos a la enseñanza sabemos de la importancia de esto y de la estéril senda a la que conduce poner cotos morales a la cultura popular.

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