En Babia

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En mis tiempos de escolar, no era yo ni el niño que concentrado piensa la solución de la tarea, ni aquel otro que con disimulo transcribe el ejercicio del compañero. Mi rol consistía en oficiar de niño en Babia. La escuela me aburría solemnemente. Pasaba las horas distraído en mis cosas, ajeno a la voluntad del profesor, ensimismado en vete a saber qué. No es un recuerdo trasplantado por mis padres, aún conservo una imagen más emocional que física del drama que suponía para ellos tener un niño que traía a casa el estigma bermellón. Por entonces ese color era la mácula del cate, la escuela emulaba la iconografía cromática de la política de entonces. Rojo el perdedor, azul el alumno de éxito. Y a mí me tocó guerrear a mi manera, resistencia pasiva, del lado de los vencidos. Aunque yo no era consciente de ello ni hoy tengo un recuerdo veraz de aquella circunstancia, mi madre solía decir que mis maestros solo cuidaban del que aprobaba y abandonaban a su suerte al niño que iba suspendiendo. Lo de las adaptaciones curriculares y demás lindezas de la democracia vendrían después; los escolares preconstitucionales éramos segregados sin miramientos bajo una rígida selección natural. No son pocos los que hoy añoran el regreso de aquellas formas.

Quizá a causa de mi ruinoso expediente académico en primaria sea hoy más comprensivo, incluso ligero, ante las vicisitudes escolares de mi hijo, y las contemple como un capítulo pasajero y superable, sin el trauma bochornoso que para mis padres suponía llevar a casa una copiosa guirnalda de suspensos. Era tal el miedo que llegué a coger, imaginándome la escena de presentarles mis malas notas, que en cierta ocasión las oculté -¡ingenuo de mí!- bajo la cama, negando haberlas recibido. Incluso llegué a pensar en huir de casa con tal de no enfrentarme al aciago espectáculo de someter a mis padres a aquella columna de emedés.

Ya el primer día de clase fue para mí un tormento de dimensiones épicas. Un largo pasillo, el profesor animándome a entrar en el aula, mi madre, sonrojada, al ver cómo me agarraba con fuerza al marco de la puerta, gritando y llorando… y el resto de escolares, ya dentro, entre perplejos y divertidos ante la contemplación de aquel espectáculo. No sé si aquel gesto iniciático fue una revelación del atribulado devenir de mi paso por la primaria, pero sí puede servir de premonitoria introducción a lo que sería una biografía infantil repleta de sinsabores académicos ante los que me sentía impotente, incapaz de superar el tedio de los días en aquel aula que hoy percibo en nebulosa, sin imágenes con las que puedan dibujar siquiera un boceto de mi paso por Los Salesianos de Barakaldo. Un colegio de curas ensotanados y solemnes. Hace unos diez años regresé a Euskadi e hice una breve visita al colegio, subí la escalinata -esa oscura escalinata de entrada- y paseé por el patio, una superficie infinita donde desfilábamos sumisamente para entrar en chiqueros. Por un instante me transmuté en aquel niño tímido e imaginativo, entrado en carnes, astigmático, que en no pocas ocasiones era motivo de burla y saco de boxeo en manos de algunos compañeros.

A esto se sumaba el hecho nada insignificante de ser hijo de policía en la Euskadi de los 70, diana de intimidaciones que quedaron en meras amenazas orales, pero que en la mente de aquel niño que fui de seguro tuvieron que marcar mi carácter retraído y reflexivo. Aquel miedo sordo, aparentemente inocuo, no influía solo en los menores, atravesaba silenciosamente la vida cotidiana de los adultos, los adormecía y mantenía cautivos de lo insospechado, dóciles y callados. Recuerdo retazos de un relato que mis padres reconstruyeron durante años: mi abuela viene a visitarnos, contempla la escalera de mi casa repleta de charcos de sangre y grita despavorida: ¡Han matado a mi yerno, mi pobre yerno…! Pero aquella sangre no era de mi padre, era mía, fruto de una caída estúpida. Unos puntos de sutura y listo. Por error, mi abuela creyó que mi padre había sido asesinado por ETA.

Como habréis intuido a estas alturas, mi experiencia escolar distaba bastante de ser satisfactoria, era simplemente decepcionante. Puede que mi percepción de los hechos haya quedado injustamente amplificada con los años, reducida, incluso devastada por efecto del tiempo, ese tirano implacable que todo lo deforma y hace del pasado una ficción moldeada a gusto de las emociones del presente. Quizá sea eso. Tenga en cuenta mi lector que todo relato del pasado es hijo bastardo del presente. Seleccionamos la secuencia, modulamos el tono emocional del suceso, elegimos más o menos inconscientemente el fotograma que quedó descolgado en la memoria, pendiente de ser redimido. Pese a creer ser dueños del relato, es necesariamente éste quien nos elige, quien nos dicta su semántica con renglones torcidos.

Somos hoy una versión de quien fuimos ayer, y un fino hilo une ambas tramas en una narración en constante modelado. No siento acritud, tampoco misericordia, hacia aquel niño. Hubo un tiempo, durante la adolescencia, en que lo miraba con resentimiento, con inútil indignación o estéril victimismo, provocados casi siempre por la impotencia de no saber ser otro que la indeleble sombra que proyectaba en mi memoria. Adulto en ciernes y sin instrucciones de uso. Hoy, un hombre hecho y derecho -diría mi madre-, con una sensación dulce de complicidad contemplo los múltiples relatos que componen mi biografía como una novela que cobra cada vez más sentido, sin contradicciones que no sean asumidas, queridas como fascinante caleidoscopio.

¡Le debo tanto a aquel niño en Babia! ¡Qué hubiese sido de mí sin el refugio de la imaginación! Un refugio que con el tiempo se convirtió en capital indispensable del adulto que aquí se confiesa. Vulnerabilidad que macerando nos redime.

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1 Comment

  1. Un relato bien escrito y eficaz. Es un autorretrato retrospectivo lleno de densidad narrativa. Tal vez se contempla a aquel niño -justamente- como precedente de quien se es ahora. Ese ejercicicio necesario de piedad con quien fuimos un tiempo o quien creemos que fuimos. Si fundamentamos la vida como una serie de etapas como los anillos de un árbol, tu yo de aquel tiempo está contenido en quien eres ahora. Es más piadoso. Si lo contemplamos sin considerar la cadena de causalidad lógica, soy este porque entonces fui aquel o aquel estaba prefigurando este que soy ahora, la relación causal no es evidente. Solo se dan como sucesivas en el tiempo pero no son consecuencia una de otra. Esto nos abre un terreno más incierto pero mucho más misterioso.

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