Un extremeño en Euskadi

rbr copiaPocos días antes de emigrar a Badajoz, de abandonar una casa, unos amigos, un paisaje, mi infancia, el jefe de la policía municipal de Barakaldo fue asesinado en un bar mientras jugaba al mus. Ochos disparos por la espalda. Mi padre pudo haber sido uno de los compañeros de timba aquel día, pero un cambio de turno en el trabajo –era policía nacional- reescribió el guión. Aún así, de haber estado allí no sé si hubiese cambiado algo en él; a lo sumo hubiera significado un mal chiste del azar, un llamativo epílogo de esos que culmina una temporada en una serie televisiva de culto. Después de más de diez años solicitando el traslado, de medir las palabras por miedo a que un zangolotino te aseste dos tiros en nombre de la bazofia que le han metido en la cabeza cuatro iluminados, como si fuera un regalo del Estado o una jubilación degradante, recibes el añorado permiso, y ya no te sabe como esperabas. Ni te lo crees. Ni sabes si a estas alturas deseas irte; tan acostumbrado estás a resignarte a vivir atemorizado que ya no lo piensas, este inquietante ecosistema pasa a ser parte de ti, no te incomoda, tan solo está presente a modo de un complemento circunstancial que asimilas por mera supervivencia. Sí, sabes de decenas de compañeros intimidados, amenazados de muerte, asesinados, pero después de unos años se convierte por salud mental de un capítulo de ficción. Nadie puede vivir con miedo mucho tiempo; necesita recuperar su existencia, ser dueño de sí a través de actos cotidianos, intrascendentes. Quizá por eso mi padre decidió no cambiar sus rutinas. Ir al bar de siempre, echar unas cartas, tomar unos txikitos, conversar del tiempo, reír despreocupado, evitando siempre entrar en asuntos que alguien pudiera utilizar para prender su voluntad con aviesas intenciones. No solo mi padre, esa fue durante media vida el tatuaje emocional de toda una generación: un silencio latente, una amenaza sorda, persistente.

Quince años después, el mismo verano en que asesinaron a Miguel Ángel Blanco, ese temor contenido seguía inoculado en la memoria. Fui a Euskadi de vacaciones ese verano y decidí ponerme el lazo azul; era fácil comprometerse con la paz desde mi cómoda posición de extremeño retornado, no podía volver y hacer oídos sordos a lo que estaba sucediendo. El lazo azul era un gesto de indignación manifiesta. Llevarlo puesto en Euskadi no era para mí, como algunos intuía que pensaban, un acto de exhibicionismo o de riesgo pueril; significaba más bien una toma de posición, marcar el territorio que nunca debió dejar de imponerse frente a la sinrazón. Un punto y final. Una frontera que hasta ahora habían ganado ellos. Aquel lazo azul estaba tejido con parte mi infancia, aquella en la que siendo niño apenas comprendía lo que veía, salvo como un juego intrigante, una película que protagonizaban los adultos y a la que yo asistía como secundario inconsciente, incluso feliz. La adultez es una forma de digestión, depura y fortalece. Las terribles amenazas de los niños de mi colegio -tu padre es policía, ¿no?; pues que sepas que esta noche vamos a ir y le vamos a pegar dos tiros- hoy son apenas un hilo quebradizo, distante, desde el que compongo la difusa narración de mi infancia, sin ni siquiera perplejidad, menos aún odio o indignación. Solo queda una cálida necesidad de reconciliación desde la que comprenderme.

Fue decepcionante contemplar cómo aparte de un grupo de monjas y dos o tres transeúntes accidentales, nadie llevaba puesto el lazo. Nadie. Verano del 97 y las ascuas del miedo permanecían. No salgas con el lazo, me recomendaban mi tía y mis primos; no te busques inútilmente problemas. No merece la pena. No merece la pena. Esa fue la excusa final, la frase de la claudicación. Sobrevivir, eso basta. Dejar que sea el tiempo quien se lleva la rabia y tan solo quede el eco de un recuerdo mitigado por los años. Todo pasa, no merece implicarse. Cobardía, solo veía en aquella actitud miedo, un miedo alimentado durante décadas, heredado a sus hijos. Nadie, salvo un puñado de excepciones, se enfrentó al terror de aquellos tiempos. Nadie. Hoy es cómodo hacer extensible a toda la población vasca su apuesta por la paz, pero pocos hablaron entonces claro y sin red.

Los hijos de inmigrantes extremeños, andaluces, gallegos, se repartían sus emociones en dos extremos sin retorno: callar, no hacerse notar, o unirse a la guerrilla abertzale. La gran mayoría de mis amigos de infancia, hijos de inmigrantes, vascos de adopción, acabaron emulando la pose arrogante del matonismo independentista; quemar un coche, una tienda, tirar piedras a la policía (txakurras, perros, los llamaban), beber hasta caer inconsciente mientras entonaban letanías inoculadas al calor de una amistad impostada. Pertenecer a un lugar, solo eso importaba; sentirse útiles, diferentes, fuertes, capaces. Hasta despertar un día y descubrir que solo eran pobres hombres, cautivos de su ignorancia.

Poco se ha contado -quizá por vergüenza o por creer que aquellas miserias solo afectaron a vascos de nacimiento- acerca de la cantidad de hijos de inmigrantes seducidos por la poética de la violencia, o de cuántos acabaron parados, en la cárcel, sin futuro. Yo mismo desconozco qué hubiera sido de mí si aquel verano del 82 no hubiese salido de la calle Karranzairu, rumbo a Extremadura.

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