Funambulismo

PESSOA

I

Tendría la misma edad de mi hijo, 10 años, cuando vi por primera vez a un funambulista. Quizá fuera Philippe Petit, quien a finales de los 70 realizaba giras por todo el mundo, recreando (a menor altura) su hazaña entre las Torres Gemelas. No lo puedo asegurar, pero sí que el espectáculo es asombroso. No puedes dejar de mirar al cielo; solo te das cuenta del tiempo que has permanecido contemplando a aquel minúsculo punto suspendido sobre un cable que parece un débil hilo cuando colocas tu cuello en posición normal y sientes la tensión muscular acumulada durante un tiempo que crees haber sido segundos y resulta que fueron largos minutos.

Alimenta la perplejidad del espectador la sospecha fundada de que el funambulista se la juega en el intento. El peligro de muerte es un incentivo, como lo es en una corrida de toros. Sabes que el hombre que pende de un hilo es un experto, que se preparó concienzudamente, que sabe lo que hace, pero siempre queda la sospecha del factor humano, un error involuntario, una racha de viento, un traspié. Intuir una tragedia verosímil provoca emociones ambivalentes. Fascina por bello y por terrible.

Pero no solo provoca asombro a causa del riesgo. La escena es en sí misma hermosa en su simplicidad. Un hombre, una barra y un cable. Y alrededor, el cielo limpio, aparentemente inocente. Nada más. Y nada menos. Cuenta Pettit que allí arriba sentía paz, una serenidad existencial, no una mera calma. Y nosotros desde abajo, simples espectadores, pasivos, complacidos, intentamos asimilar lo que estamos viendo, vaciarnos de la preocupación por una caída latente, quedarnos tan solo con la escena prodigiosa de un hombre, casi desnudo, frágil, suspendido en el vacío absoluto. Tras unos minutos de preocupación y boca desencajada, te relajas, disfrutas del momento, dejas de mirar a tu acompañante, dejas de hacer comentarios, tan solo contemplas y quizá comprendas sin palabras la belleza esencial que contiene aquella escena. Esa misma sensación debió invadir a los pintores románticos ante paisajes donde el ser humano se siente parte de un universo infinito. Esa misma paz es la que sentimos sin saber porqué cuando contemplamos el horizonte que divide el cielo y el mar.

Podemos después dibujar metáforas que justifiquen nuestra fascinación, pero momentos antes de ser racionalizado nada puede expresar lo que sentimos, estamos inmersos en la escena, somos parte de ella, nos habla a nosotros, y nos silencia. Igual que el sol nos alimenta y no nos exige dar explicaciones sobre ello, simplemente dejarnos llevar. Eso es todo. Una palabra puede incluso quebrar el momento; mejor callar, quedar suspendido en esa epifanía sin querer ser rescatados de ella.

II

Fui ayer a ver “The walk”, de Zemeckis. Un espectáculo lúdico, entretenido, visualmente sorprendente, aunque carezca de la profundidad que sí disfrutamos en el documental de James Marsh, “Man on Wire”. La virtuosidad de Zemeckis consiste en hacernos sentir a los espectadores el vértigo simulado que sentiríamos si estuviéramos realmente en la planta 110 de las Torres Gemelas. Y eso que no la vi en 3D. Los 15 minutos finales merecen toda la película. El resto es artificio, juego de malabares, trapecismo insustancial, disfrutable, pero también olvidable.

No quisiera cerrar este díptico sin mencionar algo que creo que revela parte de la intención de Zemeckis con esta película. El mismo protagonista lo deja caer en algunos momentos. Las Torres Gemelas son símbolo de tragedia, de muerte, de hundimiento. La hazaña del funambulista propone emocionalmente, frente al aciago instante del desplome, una nueva lectura, dotándola de un significado positivo que va más allá del mero homenaje. El funambulista tiende puentes invisibles en un espacio inexistente, que habita la memoria colectiva. La ausencia de los gemelos arquitectónicos, antaño orgullo de la modernidad, requiere exorcizar el duelo a través de nuevas mitologías, cubrir el hueco que dejaron, tejiendo nuevas narrativas, algo así como un oración profana, una plegaria sin texto, una imagen sencilla, pero de una potente significatividad: la icónica presencia del funambulista, erguido, en equilibrio, sobre un fino cable, orgulloso, que no altivo. La dignidad humana frente al horror, la paz como horizonte que llena un espacio (zona cero) de penitentes.

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