Money Monster: ¡Vale!… ¿Y ahora qué?

Money Monster

Existe un buen puñado de películas que ilustran la crisis económica. Algunas, en tono berlangiano, satírico, mordaz, cínico a veces, dibujan los hechos como si se tratase de un escenario donde se representa una comedia bufa, inútil de descodificar y mucho menos solucionar, y ante el que sólo cabe adoptar una sonrisa sardónica, un rechazo estético, que no alimenta, pero al menos alivia mientras estás en la butaca. Otras, en formato de (falso) documental, eluden el exceso de condimento  y se limitan a enumerar hechos, datos, testimonios, una crónica con intención informativa que después cada cual interpretará como guste. También existen películas que obvian las causas, cualquier intento de explicación, y se centran en mostrar las consecuencias de la crisis, los dramas humanos que provoca; algunas, las menos, lo hacen con un pulso emocional equilibrado, sin maniqueísmos ni el recurso facilón a despertar emociones primarias sin desearlas. Por último, podemos meter en una categoría propia aquellos largometrajes que son una mezcla particular de todas o algunas anteriormente citadas.

Pese a las diferencias entre unas y otras, existe un aire de familia en todas: la incapacidad de movilizarnos como ciudadanos más allá de ampliar nuestra información sobre el subsuelo del sistema financiero o provocar la empatía con sus víctimas y el rechazo a sus verdugos. Sales de todas estas películas sobre la crisis económica con una sensación de vacío. ¡Vale, me he enterado, me hago una idea aproximada de qué va!… Pero ahora qué. ¿Qué puedo hacer yo, o todos nosotros como ciudadanos, para cambiar esta situación, o siquiera aportar nuestro grano de arena? Nada. La ilustración cinematográfica provoca el efecto contrario a una lucidez militante, la sensación de impotencia, de amarga constatación de que estamos en manos de estructuras de insondable arquitectura, y nosotros, meros peones de la partida, tan solo podemos confiar en no ser heridos por sus dardos. O peor, la lúcida comprensión de que no somos inocentes, de que cada cual, en su parcela de acción u omisión, contribuye al engrasado de la maquinaria, temeroso de perder su aprecio.

Jodie Foster es consciente de esto en su última película como directora, Money Monster. Quizá por esta razón, añade ese último plano revelador, esa certera metáfora, de lectura bifronte, en el que no sabemos bien si pretende constatar nuestra complicidad o nuestra impotencia como ciudadanos (me arriesgo a pensar que esta exégesis es la más probable), o por el contrario invitarnos a ser nosotros, cada uno, quienes decidamos cómo debemos jugar esta partida, implicándonos con actitudes y acciones morales que reviertan los valores sociales que contribuyen a que la voracidad del capitalismo financiero continue. El “malo” de la película, aunque como justificación, se lo deja claro a la víctima: ¿No compraste tú también acciones para beneficiarte? O su novia: ¡Cómo se puede ser tan estúpido!

Fíjense en el final de la película. En la era del tuit, las noticias que en un instante pueden ser reveladoras y mueven emociones profundas, minutos después son relegadas a la categoría de mero anecdotario o meme que desprenda una sonrisa. Y a otra cosa, mariposa. Porque el mundo siempre fue así, y así seguirá. El único premio posible es el de consolación. El protagonista viene a ser el alter ego de Foster y de cualquiera de nosotros, cuyo único propósito no es a estas alturas saber más sobre la crisis, sino escuchar en primera persona una confesión honesta, de la que somos conscientes que no consolará nuestra perplejidad, ni redimirá o expiará ninguna culpa.

Money Monster no aporta nada nuevo al género ni al asunto que aborda, pero entretiene, te mantiene atento, el guión funciona bien como cuento moral sin moraleja, y sus interpretaciones dan solidez al conjunto. Pero, aunque no lo parezca, no es en la metáfora sobre la avaricia dentro del sistema financiero donde Foster intenta dar el do de pecho, sino más bien en la transformación moral del presentador Lee Gates, interpretado con su histrionismo acostumbrado por George Clooney, que pone sobre la mesa el viejo debate sobre el papel del periodismo, más pendiente de hacerle la cama al sistema que servir de mediador ante la ciudadanía, desvelando la amarga verdad que esconde la ingeniería financiera.

Pero Foster es consciente en todo momento que su fábula es quebradiza, no soporta fácilmente el imperio de la realidad. Quizá por eso se mantiene distante, sin aderezar en demasía la fábula, delineando sin trazo grueso su intencionalidad moral. Sugiere más que sentencia, dejando que seamos nosotros quienes expiemos nuestra parte de responsabilidad.

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1 Comment

  1. Es cierto que había dormido mal la noche anterior, pero también que me dormí buena parte de la película que no me llegó a interesar nada desde un primer momento. Cuando se encendieron las películas salí con la impresión de haber visto algo carente de mordiente y de originalidad. Su conflicto no me se me hizo vivo ni me divirtió. Me gusta Jodie Foster como actriz.

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