Creo (del verbo crear) luego existo

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Atesora el refranero más invitaciones a huir del temible ocio que arengas a practicarlo con sana delectación. “Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas”, “Del ocio nace el feo negocio”, “La ociosidad es madre de todos los vicios”, “Primero es la obligación que la devoción”, “Si el ocio te causa tedio, el trabajo es buen remedio”. Incluso ilustres escritores sospecharon del ocio como detonante de numerosos males. “La ociosidad camina con tanta lentitud, que todos los vicios la alcanzan” (Benjamin Franklin), “Así corrompe el ocio al cuerpo humano, como se corrompen las aguas si están quedas” (Ovidio). Nuestra cultura alaba el trabajo como fuente de virtudes. En el cristianismo,  la necesidad de trabajar es concebida como castigo a nuestros pecados connaturales. El diablo se cuela en la mente del hombre ocioso, infundiéndole pensamientos que le arrastran a su condenación. De ahí la exhortación ora et labora, mantén ocupados mente y cuerpo. Cuando te retires en la quietud de la oración, lo harás dirigiendo tus emociones y pensamientos al Altísimo, no sea que en un descuido se deslice Satanás en tus adentros y te anime a dejar rienda suelta a la imaginación.

La imaginación es gratuita y libre, y ambiciosa, todo lo presente lo convierte en algo nuevo. Más aún, es alegre, entusiasma, gozosa. ¿Acaso existe para los poderes establecidos algo tan peligroso como esto? Pensaban los barones de Roma allá por el Medievo, si todo el mundo pudiera leer la Biblia en su idioma materno, al día siguiente cualquier podría interpretarla como quisiera; quizá alguien dijera: Dios no existe, o este dios no me gusta. La religión y el poder político siempre han observado con reticente sospecha la ociosidad porque la imaginación puede infundir ideas ajenas al común pensar que te hagan replantear el presente desde otras categorías. Quien imagina no solo crea lo que no existe, sino también lo que pudiera existir. Si se puede imaginar, se puede hacer. De ahí que el cristianismo entendiera que para el control espiritual de su rebaño era necesario no solo vigilar sus acciones, sino también sus intenciones, esas que nacen al abrigo de los pensamientos más libres. Igualmente, el poder político en la era del consumismo digital sabe que es más fácil tener adocenado al pueblo si éste se entretiene con placebos que mantengan cautiva su imaginación. Mientras cazas Pokemon no piensas, mientras consultas tuits no imaginas.

El ocio, entendido no como entretenerse con gadgets que te hagan pasar el tiempo, sino como vivencia consciente del presente congelado, soñar despierto, imaginación activa que crea sin injerencias. Incluso ausencia de acción, sola contemplación, no hacer nada y gozar con ello. Ese ocio militante es un arma política potente, pese a no contener ideario alguno ni mayor intencionalidad que su sola presencia. Gandhi entendió el poder asombroso que puede tener una resistencia pasiva en vez de una acción contundente. “Preferiría no hacerlo”, insistía Bartleby, ante la atónita mirada de su jefe. Y si todos los ciudadanos votaran en blanco…, soñaba Saramago en su Ensayo sobre la lucidez. Y si… Este es el lema del ser creativo. Remirar lo presente desde otra perspectiva, sin prisas ni acritud, como lo haría un niño en sus juegos.

El gozo de imaginar libremente bajo la aparente quietud del ocio es todo lo contrario de entre-tenerse o pasar el tiempo. Quien pasa el tiempo es como si estuviera esperando inquieto a que llegara el momento de volver a la rutina del trabajo. Quien pasa el tiempo necesita del placebo de un objeto que sustituya su capacidad de imaginar. Imaginar y crear convierte los objetos rutinarios en extraordinarios, travieste la utilidad originaria de las cosas para dotarlas de un nuevo sentido y dirección. Quizá por eso un niño imaginativo es confundido a veces por el maestro con un niño disruptivo, que molesta, que no te deja “dar la clase”. En vez de contemplarlo como una oportunidad para aprender todos, se subraya el aspecto negativo; el que imagina es el molesto, el verso suelto que debe reintegrarse a la rutina de la clase o irse.

Creo (del verbo crear) luego existo.

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